¿Quién pensaría que un entomólogo francés del siglo XIX daría tanto de qué hablar? Pierre François Marie Auguste Dejean, nacido el 10 de agosto de 1780 en Amiens, Francia, y fallecido el 17 de marzo de 1845, no solo fue un militar al servicio de Napoleón Bonaparte, sino también un gran coleccionista y estudioso de los insectos. Mientras que el mundo se centraba en los vaivenes de las batallas napoleónicas, Dejean se sumergía en las minucias de la naturaleza. Aquí hay una historia que algunos escépticos de nuestra era valorarían investigar, aunque sea solo para cuestionar su propia ideología. Porque cuando uno es realista, no necesita aferrarse a conceptos efímeros de progreso y deconstrucción social.
Dejean disfrutó de una carrera militar distinguida, pero para él, la verdadera batalla estaba en clasificar insectos. Acumuló, nada más y nada menos, que más de 22,000 especímenes, esforzándose por catalogar y estudiar coleópteros. Algunos dirán que este enfoque en la naturaleza lo desvía del activismo social que predomina en el mundo moderno. Pero, ahora más que nunca, su dedicación a algo tangible y científicamente significativo resuena.
¿Cómo podría este naturalista militar perturbar la mirada de liberalismo progresista que varios intentan imponer hoy en día? A través de su método: observar y documentar aspectos concretos del mundo. En tiempos cuando la verdad es relativa para algunos, Dejean ofrece un ejemplo formidable de un hombre dedicado a hechos físicos y constatables. Es fácil entender por qué el enfoque de un coleccionista sistemático y auténtico podría provocar escozor a quienes se pierden en discursos volubles.
Por ejemplo, cuando publicó su obra magna 'Species Général des Coleoptères' (1825-1837), no solo propuso un sistema riguroso de clasificación, sino también trajo orden al caos aparente de la naturaleza a través de una metodología inequívoca. Tal devoción hacia la objetividad resuena hoy cuando algunos optan por reinvenciones subjetivas de la realidad como baluarte de una visión social. Basta con observar un catálogo entomológico de Dejean y darse cuenta de que el orden y la organización no solo son posibles sino necesarios.
No faltarán aquellos que consideren todo esto un ejercicio irrelevante o antediluviano. Pero la ciencia inherente al trabajo de Dejean desenmascara la fugacidad de las modas ideológicas. Basta pasar por alto opiniones flamboyantes pero transitorias para apreciar el valor de la clasificación y el orden.
En el corazón de su obra yace un principio que suena tan revolucionario hoy como entonces: descubrir y documentar antes de opinar. La rigurosidad con la que Dejean estudió los esqueletos diminutos de los coleópteros debería ser emulada por cualquiera que quiera influir con responsabilidad en la sociedad. Él practica una disciplina conservadora y necesaria, aspirando seamos honestos con nosotros mismos y con el mundo natural.
Al recorrer la biografía de Dejean, descubrimos que el amor por la naturaleza no es un refugio de ingenuidad sino un patente de constancia y concentración. ¿Se habría él involucrado en las inmensas diatribas actuales sobre ambientalismo y su instrumentalización política? Eso jamás lo sabremos. Pero de lo que sí estamos seguros es que su legado perdura; el del trabajo dedicado y tangible. Nos recuerda la importancia de basar nuestras visiones del futuro en algún aspecto referente del pasado.
El coleccionismo de insectos pudo parecer un capricho para algunos, pero fue en esencia una actividad que fortalecía el carácter crítico y metódico. Su contribución a la entomología es innegable, y muchas veces, las verdades más importantes son aquellas que no se pregonan en voz alta. A veces, hay que ser realista para darse cuenta de que no todo tiene que ser reinventado bajo un mismo prisma ideológico.
Pierre François Marie Auguste Dejean debería ser recordado como un pionero. No solo por su extensa labor en el campo de la entomología, sino más importante aún, por su masculinidad y mentalidad pragmática, que reverbera como un eco en las sombras de una sociedad moderna que, irónicamente, parece olvidar la importancia de saber lo que realmente importa.