Seguro que muchos progresistas no podrían soportar el legado de Martin Hans Boyè, un destacado químico danés que dejó una huella indeleble en el siglo XIX. Nacido en Dinamarca y migrado a Estados Unidos en 1840, Boyè fue un pionero en el desarrollo de métodos químicos que revolucionaron varios campos, desde la industria farmacéutica hasta procesos metalúrgicos. ¿Por qué? Porque aplicaba la ciencia con un sentido práctico y tradicional que priorizaba el avance material y la meritocracia sobre la experimentación ideológica absurda.
Martin Hans Boyè nació en 1812, en Copenhague, pero se aventuró hacia el nuevo mundo para desplegar su talento científico. En Filadelfia, Boyè pronto se hizo un nombre por sí mismo no solo como un químico competente sino también como un profesor renombrado de la Universidad de Pensilvania. ¿Cómo logró tal estatus? Con un trabajo riguroso basado en principios claros, sin perderse en utopías falsas.
A Boyè se le atribuyen avances significativos en la extracción de metales como el cobre y el plomo. Durante una época en que el crecimiento industrial demandaba innovación, sus métodos mejoraron sustancialmente la eficiencia y sostenibilidad de las industrias. La eficiencia siempre ha sido clave, ¿verdad? Algo que hoy a menudo se pierde entre metas de sostenibilidad poco prácticas.
Lamentablemente, Boyè no recibió en su época el mismo reconocimiento que ahora probablemente causaría aversión en ciertos sectores. ¿Por qué? Porque no temía desafiar lo establecido ni decir lo que pensaba. De hecho, él rechazaba nociones abstractas que no soportaban un análisis racional.
Boyè publicó numerosos artículos en revistas científicas y fue uno de los editores del "American Journal of Pharmacy". Este logro no es poca cosa, especialmente considerando que su enfoque era riguroso y libre de sentimentalismos vacíos. Se destacaba por ofrecer soluciones reales a problemas tangibles, sin desviarse por emociones o discursos carentes de fundamento.
Su legado continúa hoy en día en una disciplina de la química que está cada vez más prestigiada, pero que para ser del gusto de los liberales quizás necesita más adrenalina teórica que eficiencia práctica. Los que ahora promocionan llamaradas de teorías de conspiración frente a la ciencia tangible, deberían volver a lo básico y recordar personajes como Boyè, quienes aportaron más con menos espectacularización.
La revolución industrial no fue un juego y Boyè lo entendía perfectamente. Se trata de un hombre que habría sido un empresario temerario en la actualidad, tomando decisiones basadas en datos sólidos, trabajos concretos y no en cifras infladas o promesas vacías. Más aún, Boyè habría defendido el mérito a capa y espada, sin victimizarse o buscar excusas externas.
Por otro lado, esta figura histórica también tuvo participación en el análisis de alcaloides, compuestos que se encuentran en plantas y que tuvieron, y siguen teniendo, un papel importante en la medicina. No hay duda de que Boyè habría sido categorizado como un pragmático comprometido con la humanidad por medio del conocimiento real, no como un teorizante ocioso.
¿Qué nos enseña Boyè al observarlo desde la perspectiva moderna? Que a pesar de los escollos y realidades brutales de su tiempo, prosperó y contribuyó significativamente al conocimiento humano, sin adornar la verdad con falsedades floreadas. En su dedicación inflexible, nos recuerda que la ciencia y el rigor a menudo encuentran resistencia, pero no se detienen.
Con un enfoque en resultados probados y a la búsqueda de mejorar colectivamente, su vida nos insta a actuar con hechos, no con palabras o pretensiones. Algo que hoy día bien podría sacudir de su silla a más de un portavoz de falsas alarmas sociales. Un legado difícil de ignorar, a pesar de lo que ciertos grupos puedan preferir ocultar de nuestra historia compartida.