En un mundo donde cada figura pública parece competir por la atención a base de ser la más inclusiva, 'Yo Soy Todos Nosotros' es el símbolo máximo de esta identidad colectiva sin personalidad. Fue presentado por un grupo de activistas el año pasado en Estados Unidos, quienes se pronunciaron desde un escenario decorado con mil coloraines diferentes, asegurando que representaban a cada ser humano que alguna vez existió. No es solo la apoteosis de la apropiación de luchas ajenas, sino también el derrotista final de quienes no pueden hablar por sí mismos.
Podría parecer una idea noble, pero al rascar la superficie, todo se vuelve más frívolo. Es como si desaparecieran las individualidades y se cocieran en un guiso de lo políticamente correcto. ¿Quién necesita una identidad propia cuando puedes ser todos y ninguno a la vez? Es un truco de magia social que desafía a aquellos que creen que cada persona tiene el derecho y la responsabilidad de expresarse por su cuenta, sin depender de un mantra fácil.
Esta iniciativa está respaldada por quienes creen que no es suficiente apoyar una causa; ahora debemos ser una amalgama de todas. Se trata de la rentabilidad de las emociones y una incapacidad crónica de tomar una postura auténtica por miedo al disgusto ajeno. Significa que las voces individuales se extinguen bajo el manto de una inclusividad que pretende hablar por todos, pero que acaba silenciando más que dando poder.
Para quienes prefieren el orden y la claridad, esto es una maraña incomprensible. Habrá quien diga que nos hace falta más empatía y comprensión, pero es realmente un barniz brillante en una estructura tambaleante y poco sólida. Al asumir ser todos, nadie es responsable de nada. O, peor todavía, se traslada la responsabilidad de las falencias a esta entidad amorfa que busca ser todo para todos.
'Yo Soy Todos Nosotros' promueve una ideología que desafía a enfrentar las verdaderas complejidades del mundo real. La idea de fusionar identidades para establecer una conexión, inicialmente atractiva, conlleva peligrosas implicaciones. Se convierte en una herramienta política que elimina la necesidad de un diálogo genuino. Alguien podría pensar que es un esfuerzo por crear una supuesta armonía, pero en realidad, es más una fanfarria simbólica que una solución real al caos.
Esta noción ha sido acogida en eventos y conferencias, recibiendo ovaciones por quienes ven la diversidad no como una suma de identidades únicas, sino como un mosaico que intenta poner cera en las fisuras de nuestro tejido social. Es una exhibición de intenciones, más que resultados. Uno podría preguntarse: ¿Qué logramos realmente con esto? Si todos estamos representados, ¿significa que somos todos iguales?
Para aquellos que creen en los méritos individuales y la responsabilidad personal, esto no es más que otro carrousel social que simplemente da vueltas sin avanzar en ninguna dirección concreta. Al envolver cada lucha particular en un gran nudo, se corre el riesgo de trivializar las batallas reales de aquellos que pugnan por reconocimiento legítimo y cambio verdadero.
El argumento creciente de que se necesita de esta colectividad para lograr justicia ignora que la sociedad avanza cuando las voces se expresan de forma auténtica y específica. Si cada persona enarbola su deseo sincero de ser representada por esta baner de identidad conjunta, entonces ya no hay movimiento, solo hay una pausa errónea.
Aquellos que persisten en promover la idea de que debemos seccionar nuestra individualidad para cargar con un colectivo imaginario, nos piden sacrificar contenidos claros por políticas de adhesión supuestamente esperanzadoras. En realidad, este fenómeno trata de gestionar las interacciones humanas sin espacio para disensos necesarios.
En resumen, 'Yo Soy Todos Nosotros' podría ser el monolito de tiempos recientes; grandilocuente por supuesto, pero hueco y sin sustancia al final del día. Si la aspiración es llegar a algún tipo de estrella social, para entonces habremos perdido la esencia de lo que significa ser verdaderamente humanos.