¿Quién dijo que todos los políticos son aburridos? Con Yitzhak Cohen, uno de los más destacados y decididos actores en el escenario político de Israel, esa noción es completamente ridícula. Nacido en 1951 en Ashkelon, este político audaz y articulado es conocido por su firmeza inquebrantable y su voluntad de nadar contra la corriente. Como miembro del partido Shas, Cohen ha dejado huella desde su entrada al Knesset en 1996 mientras otros simplemente van con la marea.
Comencemos por hablar de cómo incluso desde sus inicios en el Knesset, Cohen demostró que no estaba allí para cumplir un rol secundario. Como Ministro de Religiones, fue un ferviente defensor de la tradición judía en la esfera pública, lo cual provocó más de un enfrentamiento en un país donde la religión y la política están intrínsecamente ligadas. Su enfoque en defender la identidad judía tradicional en la política nacional es algo que atrajo múltiples alabanzas entre aquellos que valoran preservar estas costumbres en un mundo que avanza vertiginosamente hacia la secularización.
Habiendo ocupado varios puestos de perfil alto en el gobierno, incluida la posición de Viceministro del Tesoro, Cohen ha demostrado ser un hábil administrador. Sus políticas fiscales han provocado el desdén de aquellos que abogan por el gasto sin medida, pero su enfoque centrado en la responsabilidad ha asegurado que el país mantenga un curso económico estable. Alguien dirá que las medidas de austeridad no son populares, pero Cohen entiende que la popularidad pasajera no paga las facturas.
En un entorno político donde las señales de alarma internacionales a menudo dominan la conversación, Cohen ha sido un firme promotor de la seguridad israelí. No dudó en exigir que el gobierno actuara con mayor dureza frente a las amenazas exteriores, porque, para él, la soberanía y la protección de los ciudadanos israelíes no son negociables. Críticos habrá siempre, pero cuando las decisiones afectan la seguridad nacional, Cohen se mantiene estoico, convencido de que nada es más importante que garantizar la vida y el bienestar de su nación.
La vida pública de Cohen también se ha caracterizado por su implacable lucha por la igualdad social y económica entre el diverso mosaico socioeconómico de Israel. Sin embargo, esta no ha sido una lucha unidimensional. Desde su perspectiva, Cohen promueve políticas que buscan incentivar el trabajo duro y la responsabilidad personal, alejándose del asistencialismo que solo perpetúa la dependencia. ¿Quieren ayudar a las minorías? Bien. Pero con trabajo y esfuerzo conjunto, no dispensando dádivas ilimitadas que perpetúen un ciclo de pobreza.
Además, Yitzhak Cohen ha sido irreverente al enfrentarse con la modernidad desmedida. Algunos lo acusan de estar 'fuera de sintonía' con el zeitgeist del momento, pero él respondería que no es cuestión de moda, sino de valores. En un mundo en el que muchos están dispuestos a tirar sus valores tradicionales por la borda con el propósito de avanzar, Cohen defiende firmemente lo que él considera principios inamovibles, ya sean religiosos, culturales o incluso políticos. Claro, esto le ha dejado algún que otro tropiezo político, pero su integridad jamás ha quedado en duda.
No podría dejar de mencionar la posición inflexible de Cohen sobre las cuestiones judiciales. Para él, el sistema judicial debe servir al país, no dictar la vida de sus ciudadanos desde un pedestal de cristal. Aunque esto ha generado fricciones con la élite judicial, Cohen ha sido un defensor de la limitación de su poder para evitar una extralimitación que, según él, amenaza la soberanía del país. Críticas abundan, pero las mismas provienen de aquellos que prefieren que las decisiones importantes se tomen en oscuros salones de justicia, lejos del escrutinio público.
Y así, la historia de Yitzhak Cohen se convierte en una de resistencia y convicción. Muchos han intentado silenciarlo o desacreditar sus creencias, pero su carrera es el testimonio viviente de cómo caminando a contracorriente se puede marcar una diferencia real. Polémico, a veces contradictorio, pero siempre apasionado, es la clase de político que no teme alzar la voz en defensa de lo que cree necesario. Amado por algunos, odiado por otros, pero sobre todo respetado por su impresionante tenacidad.
En definitiva, Yitzhak Cohen es uno de esos raros políticos que creen en la permanencia de sus ideales incluso frente a las fuerzas furiosas del cambio modernista. Porque, al fin y al cabo, la verdadera evolución política no se trata de ceder a caprichos pasajeros, sino de mantener el timón firme ante las inevitables tormentas del mundo moderno.