Wilsoniana: Adivina Quién Debería Estar Preocupado

Wilsoniana: Adivina Quién Debería Estar Preocupado

El espectáculo de Wilsoniana es como ver a una hormiga tratando de levantar un elefante. Sí, es así de entretenido, y no en el sentido que podrías imaginar.

Vince Vanguard

Vince Vanguard

El espectáculo de Wilsoniana es como ver a una hormiga tratando de levantar un elefante. Sí, es así de entretenido, y no en el sentido que podrías imaginar. Conocer Wilsoniana es embarcarse en un viaje hacia los principios de Woodrow Wilson, el 28º presidente de los Estados Unidos, caracterizado por reformar y modernizar. Este movimiento se originó a principios del siglo XX en Estados Unidos, un lugar y tiempo en el que socialistas y progresistas empezaron a mover sus peones. Fue allí cuando Wilson sembró las semillas que muchos hoy rinden culto, aunque con poca idea de lo que esto significa realmente.

La Sierra es de donde viene su nombre, y no es sólo un juego de dardos al aire. Wilsoniana se refiere a la forma de pensar y actuar inspirada por los ideales de este presidente. Aunque algunos lo celebren como un visionario, otros no pueden evitar sentir la piel erizarse ante sus ideas más intervencionistas. Con su prédica de "democracia disciplinada", Wilson creía que el gobierno debía dirigir y no simplemente servir. Y es aquí donde nos enfrascamos en la primera gran ironía. Era el siglo de las libertades, pero Wilson se empeñaba en tener un gobierno con los tentáculos más extendidos.

¿Qué hace Wilsoniana ahora, en pleno siglo XXI? Lo ves a tu alrededor cuando escuchas sobre políticas que buscan decirte qué hacer, qué comer, cómo vivir. Un susurro constante en el oído que se convierte en un estruendo cuando menos lo esperas. Cuando Wilson firmó la Ley de la Reserva Federal y reformó los impuestos, pocos se detuvieron a desmenuzar las implicaciones. Pero el tiempo hace la autopsia de todos los planes, y las consecuencias están más vivas que nunca.

Durante su presidencia, Wilson proyectó la idea de llevar la 'democracia' al mundo. Es decir, sus intervenciones en conflictos internacionales bajo la bandera de la libertad. Aunque, en realidad, esto fue más una excusa para establecer alianzas y barreras que hasta el día de hoy dan forma al orden mundial. Porque, no nos engañemos, el objetivo no era tan puro y cristalino; su intervención no era tanto por amor al prójimo como por los intereses que había detrás de cada decisión geopolítica.

Imagínate un mundo donde el gobierno es tu mejor amigo, y por amigo me refiero al que no puedes dejar de lado ni siquiera cuando te gustaría desaparecer un rato. Con un mandato transformativo, Wilson amplió el poder federal, algo que todavía sentimos. Digamos que sin su legado, las tendencias de los actuales gobiernos para incrementar sus poderes no serían tan pronunciadas.

Ahora bien, ¿cómo podría Wilsoniana chocar con nuestra política moderna? No es complicado de ver. La modernidad está plagada de debates sobre derechos que muchos creen inalienables. Libertades personales, privacidad y la eterna lucha de cuánto poder otorgar al gobierno. Wilson no habría visto esto como una lucha necesariamente. Para él, un gobierno más grande implicaba un ciudadano más controlado, por el bien de la nación, claro.

Los debates sobre el poder del estado y la autonomía individual continúan siendo gritos en la garganta del país. Y aquí es donde se filtra una paradoja elemental de Wilsoniana. En su época, como ahora, el equilibrio entre libertad e intervención sigue siendo un péndulo. Esa cuestión no ha sido resuelta porque, en cierto modo, no puede serlo. Hace falta un aguafiestas para recordarnos que estos problemas aún existen, como un eco de los tiempos de Wilson que muchos preferirían dejar amortiguado.

Desde la influencia del presidente sobre lo que hoy conocemos como globalismo hasta el asfixiante amor del siglo XXI por la burocracia y las regulaciones, Wilsoniana está viva. En las aulas, donde se forma la siguiente gran generación de ciudadanos, obra su magia. Las discusiones sobre cómo debe ser ejercido el poder estatal son tan pertinentes como siempre, y uno se pregunta cuántos jóvenes realmente comprenden el peso del legado de Wilson.

Hay quien diría que Wilsoniana no es relevante. Pero cada vez que alguien clama por la expansión del poder gubernamental bajo una bandera de progreso, su esencia cobra vida. No es necesario mirar muy a lo lejos para ver que sus ideas siguen entre nosotros, ocupando un lugar especial en las agendas de aquellos que anhelan que el gobierno actúe como el gran hermano protector.

Entonces, mientras algunos lo tachan de visionario y otros de un artífice de problemas que nos persiguen hasta hoy, no dudemos de su influencia palpable. Wilsoniana, para bien o para mal, es parte de la estructura de nuestra realidad. Y aunque a más de uno le gustaría mirarla de reojo, es imposible no darle el protagonismo que se merece en la historia de las ideologías políticas.

¡Mantente alerta! Porque cuando menos lo pienses, las políticas de Wilson pueden estar más cerca de casa de lo que jamás imaginaste.