¿Cuántos de nosotros hemos oído hablar alguna vez del vuelo 402 de TAM Transportes Aéreos Regionais? Probablemente no muchos. Este fatídico vuelo se estrelló el 31 de octubre de 1996, apenas unos segundos después de despegar del Aeropuerto de Congonhas en São Paulo, Brasil. Todos los a bordo, 95 personas, junto con 4 en tierra, murieron en el accidente. Fue una tragedia aérea que conmocionó a Brasil.
El vuelo 402 de TAM era un vuelo doméstico programado que tenía la desafortunada tarea de entristecer un año ya de por sí cargado de noticias graves en el mundo. Ahora bien, enfoquémonos en algo que algunos evitan discutir: las causas reales del accidente. Técnicamente, el avión de TAM sufría problemas de propulsión que desencadenaron su caída. Aunque admitemos que los investigadores determinaron que fue un problema técnico, tenemos que preguntarnos sobre la responsabilidad de las aerolíneas y la adecuada revisión de sus aeronaves.
Piensen en las vidas que perecieron en segundos. Todo bajo promesas de seguridad que raramente se mantienen al nivel necesario. Las compañías aéreas, en especial en países donde la regulación es un chiste, a menudo sacrifican la seguridad por costos, ahorrándose en inspecciones detalladas y mantenimiento. ¿Es este el tipo de administración que queremos en nuestros cielos?
Avancemos al tema de las políticas establecidas por entonces. La falta de rigurosidad en la revisión de las aeronaves está basada en una política de complacencia que, como en muchos otros sectores, prefiere mirar hacia otro lado. El sistema estaba adormecido en un letargo burocrático que hizo oídos sordos a las advertencias. Así que, cuando los distintos sistemas de propulsión del avión fallaron, el desenlace fue inevitable. La burocracia, esos interminables laberintos de papeleo y mínima acción, demoran y, fatalmente para algunos, provocan consecuencias mortales.
¿Y cómo queda esto en los libros de historia? ¿Queda como una simple anotación al pie, como muchas veces los medios lo tratan? No olvidemos los medios en su infinita sabiduría para seleccionar qué tragedias cubren en profundidad. Siempre procurando alinearse con intereses que, francamente, no son precisamente tecnocráticos. Así, el Vuelo 402 se quedó en un lugar invisible, desterrado a las sombras de la memoria corta de la sociedad.
Finalmente, no ignoremos cómo algunas políticas abogan por reducir la carga en las aerolíneas mientras que otras quieren encantarnos con relatos sobre la responsabilidad social. La industria aeronáutica, con todos sus avances tecnológicos, aún está lejos de ofrecer la infalibilidad que vende. A menudo, lo que vemos es que facilitan que los números gordos sigan inflándose en los informes financieros de las empresas, mientras que los números de las víctimas quedan relegados al pie de página.
Es una crítica venenosa, sí, pero necesaria si queremos verdaderamente aprender de los errores y no repetirlos. Si continuamos ignorando eventos como el Vuelo 402 de TAM, nos arriesgamos a dejar que otro evento de la misma magnitud se cuele entre los pliegues de una burocracia complaciente y unas compañías que rara vez son auditadas. No se trata de nostalgia ni de simple queja. Se trata de una realidad incómoda, esa con la que pocos quieren lidiar porque choca con un ideal encantador que las narrativas liberales promueven.
En memoria de todos aquellos que perdieron la vida en ese oscuro, nublado y trágico día, seguiremos cuestionando al sistema y exigiendo transparencia y responsabilidad. Aprender de nuestras tragedias, verdaderamente aprender, es la única manera de avanzar.