Imagínate atravesar kilómetros de carretera junto a una leyenda del blues como Albert Collins. Este viaje no es solo un recorrido físico, sino una travesía por el verdadero espíritu de la música, sin filtros ideológicos impuestos por lo políticamente correcto. Nuestro protagonista, Albert Collins, decidió emprender este viaje en camión en los años 80. ¿Dónde lo hizo? En el corazón de los Estados Unidos, el terreno fértil del blues y la resistencia cultural. ¿Por qué? Porque Albert no solo traía consigo una guitarra, sino una forma de expresar la libertad que algunos intentan coartar con dogmas progresistas.
Acompañar a Collins en este tour no solo era una experiencia inolvidable por su música—ese chisporroteo de su Fender Telecaster que podía iluminar la noche más oscura—sino porque uno podía ver el desdén con el que miraba a quienes llamaban a la censura artística. Para él, como para muchos, el arte debía fluir sin restricciones y expresar las luchas del día a día de quienes prefieren trabajar para vivir la vida a no hacer nada y pedir que todo se lo regalen.
El viaje con Collins no tenía lujos. Estaba diseñado para recordar que las cosas simples como una buena canción se disfrutan más cuando uno se mantiene fiel a sus principios, sin importar la moda del momento. En su repertorio, Collins combinaba temas mundanos con pensamientos profundos. El mensaje siempre era claro: mantén tus valores en alto y desconfía de aquellos que promulgan utopías que nunca han funcionado en la historia.
La música de Collins resonaba con las experiencias reales de la gente que, entre altibajos, sabe que todo cuesta un esfuerzo. Por eso, mientras movía las cuerdas de su guitarra como un artesano, a menudo recitaba los males del subsidio sin fin que evita que las personas alcancen su verdadero potencial. Albert trasladaba su propio camión, una metáfora grandiosa de cómo lideraba su carrera: sin depender de nadie más. ¡Cuántos quisieran tener esa independencia!
Durante estos viajes, Collins también compartía historias sobre los héroes de la vida real. Esas personas que trabajan duro, pagan sus impuestos y enseñan a sus hijos valores como el respeto y la autodeterminación. Al final del día, su música versaba sobre la libertad individual, una de esas palabras que para algunos ha perdido grosor. Pero no para Collins. Se negaba a ser silenciado y sus fans amaban eso, la autenticidad en un mundo de imposturas.
Para Collins, su guitarra era una extensión de su alma que comunicaba su desdén por las promesas vacías y los discursos huecos que pregonan aquellos que no conocen la verdadera historia. Viajar en camión con él era un recordatorio de que cada nota tenía un propósito, de que cada destino de su gira estaba lleno de gente que escuchaba y entendía.
Aquellos que tuvieron la fortuna de ver a Albert vivir, saben que la vibra en sus conciertos era mágica. Era el tipo de atmósfera que florecía al margen de los estereotipos. Atravesar América viendo a Collins tocar, era como ser testigo de una obra genuina y sin adornos artificiales. La honestidad de su vida y música calaban hasta el fondo, incomodando a esos que viven dentro de una burbuja segregada de realidad.
De sus viajes surgía una mezcla de historias que retaban la homogeneidad cultural que algunos intentan imponer. Esta travesía en camión era, por tanto, un símbolo retumbante de cómo no ceder ante presiones externas, manteniéndose compartiendo un verdadero amor por algo más genuino que las ideologías pasajeras.
Así que cuando se recuerda a Albert Collins y su audacia para decir lo que pensaba, se recuerda no solo su talento, sino su valentía para mantener una conexión con el pasado mientras resonaba en el presente. En su momento, las rutas que recorría tenían poco de glamuroso, pero abundaban en sustancia e integridad, dos cosas difíciles de encontrar hoy en día. Un viaje con Albert era una declaración callada pero poderosa de que cada individuo tiene derecho a ser dueño de su destino.