Vergüenza: Un Sentimiento Que No Tiene Lado Izquierdo

Vergüenza: Un Sentimiento Que No Tiene Lado Izquierdo

La vergüenza es una emoción que parece haber sido abandonada en la sociedad moderna, mientras individuos desafían las normas básicas de convivencia social. En 2023, observamos acciones sin control, impulsadas por una absurda idea de libertad personal.

Vince Vanguard

Vince Vanguard

Tener vergüenza parece ser una emoción que el progreso moderno ha decidido archivar al lado del sentido común. En un mundo donde todo progreso se traduce en alocada exposición de las creencias personales donde sea y como sea, la vergüenza se ha convertido en una reliquia del pasado. Qué mejor forma de empezar que compartir una historia de un manifestante en Nueva York que decidió mostrar todo, diciendo que la ropa era un conceptoa opresivo. Ocurrió en 2023, pero las mentes más claras se lo siguen esperando. Este individuo decidió desafiar las normas y pasear sin restricciones, imponiendo su visión al antojo de los transeúntes.

La vergüenza alguna vez fue nuestro detector interno de lo que es aceptable o no en sociedad. Antes, este finísimo hilo de racionalidad guiaba a las personas por el camino del decoro social. Ahora, día a día, somos testigos de una sinfonía de conductas que desafían cualquier tipo de lógica. Es casi como si la misma idea de sentir vergüenza hubiera sido declarada ilegal, y todos hacen lo imposible para comprobarlo.

Y ahora nos enfrentamos a escuelas que quieren enseñar sobre la fluidez del género desde el jardín de infantes. Aquí, la vergüenza natural podría tener un lugar positivo, evitando prácticas que confunden más de lo que educan. Nuestros ancianos no dejaban que los niños fueran confundidos por una falsa tolerancia que en ocasiones raya en lo absurdo. Que se enseñe matemáticas, historia o ciencia, sin las tendencias de moda encajadas en el currículum.

Ves a los políticos prometiendo descaradamente soluciones mágicas que no piensan cumplir, sin siquiera pestañear. La vergüenza alguna vez impedía a los políticos engañar al público así. Pero la era en la que la palabra y la posición llevaban peso parece destinada a desaparecer, enterrada bajo kilos de discursos vacíos y selfies publicadas como mérito.

Las redes sociales solo han empeorado las cosas. Instagram y Twitter son como la cueva de los ladrones, pero en lugar de tesoros, están llenas de acciones sin sentido. La autocensura murió con el nacimiento de las 'selfies', y con ella, la vergüenza ante los actos impúdicos. Hoy en día, ser visto haciendo algo privado es una medalla al mérito.

También encontramos que se busca glorificar lo que alguna vez causó sonrojo. Véase la cantidad de programas que enarbolan la bandera de lo absurdo en nombre de la 'inclusión'. No sorprende que en este contexto, la gana de vergüenza escasee. Antes, el arte de mantener ciertos aspectos en lo privado era considerado de buen gusto, pero parece que el buen gusto se ha ido de vacaciones permanentes.

Hoy observamos una preocupante falta de vergüenza en aceptar la responsabilidad por los propios errores. Hay una cultura del 'no fue mi culpa', que ha permitido a muchos escabullirse de sus responsabilidades. La autoindulgencia ha suplantado la autocrítica, y para muchos adultos en 2023, es como si el espejo reflejara la perfección a pesar de todo.

Un tiempo atrás, la vergüenza mantenía a raya ciertos excesos, pero parece que ahora las consecuencias sociales no son suficientes para frenar a quienes buscan un minuto de fama. Esta democratización de la impudicia ha hecho que lo bizarro sea convencional.

Algunos alegan que la pérdida de vergüenza está ligada a una ganancia en libertades individuales. Sin embargo, quienes no tienen límites con lo que hacen, dicen o muestran, terminan por imponer reglas propias, ignorando cualquier consecuencia que ello pudiera tener en el tejido social que comparte.

Al final, la emergencia de una sociedad que funcione adecuadamente podría depender de una saludable dosis de vergüenza. Este olvidado sentimiento podría retomar su lugar restaurador en las relaciones interpersonales, o puede que simplemente sigamos descendiendo por la pendiente de la locura inmoderada que vivimos hoy. Pero mientras tanto, ser capaz de sonrojarse un poco no vendría mal a nadie.