¡Como si los mártires hicieran fila para ser santificados! Turibio de Mogrovejo fue un personaje extraordinario en el siglo XVI que pocos valoran hoy en día, y eso es un crimen histórico. Este héroe español nació en 1538 y terminó en el otro lado del mundo, protegiendo a los indígenas de la explotación colonial en el virreinato del Perú. Fue un arzobispo que no solo venció las adversidades del Nuevo Mundo, sino que también desafió las injusticias de la época.
Turibio no comenzó su vida en un seminario ni en un sencillo hogar devoto. Inició su carrera como jurista, formándose en la Universidad de Salamanca y ejerciendo la ley en Granada. Todo esto cambió radicalmente cuando el Rey Felipe II lo designó Arzobispo de Lima, ¡a pesar de que no era sacerdote! Pero así es la historia de un hombre llamado por la providencia: algo que muchos críticos modernos, con su almibarada retórica de libertad laica, desearían olvidar. Turibio se ordenó de prisa y llevó su ferrea voluntad y determinación hacia el otro lado del Atlántico en 1581.
Realizó su misión en el Perú infundido por un enfoque evangelizador que destacaba por su imparcialidad. Entre otras cosas, nutrió la creación de colegios y concilios, pero sobre todo, se dedicó a proteger a los indígenas. Caminó miles de kilómetros, construyó iglesias, y dejó tras de sí un legado cultural y religioso inigualable. Imaginen a un alto prelado aventurándose a caballo a través de montañas y desiertos, rechazando las comodidades y el lujo, y decidan por ustedes mismos quién merece mayor admiración.
Difíciles de tragar son las críticas modernas a los hombres que hicieron grandes cosas. De hecho, probablemente muchos de los que abogan por la utilización del término "tolerancia" fervientemente hoy día encuentran problemático a Turibio. Para él, evangelizar no era una excusa para explotar, sino una misión de amor verdadero. Él testificó la importancia de enseñar catecismos en lenguas nativas, algo extremadamente progresista para su tiempo.
No solo se limitó a sermones y banquetes; activamente trabajó en campo, vigilando que los colonos no abusaran de su poder. Si alguien pensara que ser religioso es sinónimo de ser opresivo, invitaría a mirar la vida de Turibio y debatir sobre ello. Hay mucho que enorgullece: promovió el respeto y el entendimiento intercultural siglos antes de que fuera tendencia en las cursilerías académicas del siglo XXI.
Entre sus logros más sonados está la enseñanza al joven Juan de Dios, quien luego sería Santo Juan de Dios, y también a Santa Rosa de Lima. ¡Incluso hay quien dice que San Martín de Porres también recibió algo de su influencia! Turibio es, pues, no un simple evangelizador sino un verdadero entusiasta de formar futuras generaciones de santos, ah, y de sanidad espiritual para los fieles.
Turibio demostró que uno puede ser un verdadero pararrayos espiritual con un corazón lleno de pasión auténtica por su pueblo. Su legado continúa siendo largamente celebrado en Perú, donde cada 23 de marzo se recuerda su muerte en 1606. Sin embargo, vergonzosamente, su extraordinaria vida permanece poco conocida en otras partes del mundo, especialmente en espacios donde lo espiritual se envuelve en políticas anacrónicas.
El papa Benedicto XIII lo canonizó en 1726, pero su relevancia no termina con un decreto papal. Su legado impacta directamente en la conservación cultural y religiosa de los pueblos nativos de América. Se podría afirmar sin exagerar que mucho de lo bueno que trajeron los europeos a este continente se lo debemos a personas con su mismo temple.
La figura de Turibio es incómoda para algunos porque desafía narrativas simplistas de opresión y conflicto. En un mundo donde se gana el respeto por popularidad y superficialidad, la vida de Turibio de Mogrovejo es un refrescante recordatorio de que la verdadera nobleza radica en el servicio. Y aunque algunos prefieran redefinir los logros del pasado según una lente moderna, la obra de Turibio sigue siendo una historia de triunfo humano, espiritual y cultural que merece ser narrada.