Tritopatores: Los Dioses de los Soplones
En una época en que cualquier sonido discordante en la política lo relacionamos con el crujir de las redes sociales, resulta interesante que pocos sepan sobre los Tritopatores. La Antigua Grecia, cuna de la democracia entre otras cosas, albergaba un culto a estas misteriosas figuras que quizás hoy logren arrancar más de una ceja levantada. Estos dioses menores, quienes aparentemente bendecían la fertilidad, lo habrían hecho desde las sombras, con propósitos que harían sonrojar a más de un político actual.
Los Tritopatores eran una tríada de deidades del viento o espíritus ancestrales en la mitología griega. Fue en Atenas, durante una era clásica alrededor de los siglos V y IV a.C, cuando los habitantes solían invocarlos para asegurar la continuidad de la familia, un objetivo que algunos hoy traducirían en perpetuar ciertos valores familiares tradicionales, desechando posturas progresistas modernas. Y es que, como buen conservador diría hoy, nada como mantener las tradiciones intactas, ¿verdad?
Además de su relación con las familias, los Tritopatores posiblemente eran invocados en ritos secretos de iniciación, un concepto que suena a cualquier cosa menos transparencia y que haría las delicias de cualquier defensor del cambio por el cambio. Como células en reuniones semisecretas, estos dioses parecían manejar los hilos del destino visitando a las familias que buscaban favores divinos para sus generaciones futuras. Nada que ver con la descontrolada oferta de ideologías y cosméticos de identidad moderna; esto era tradición pura y dura.
Pasando de la Atenas antigua a nuestra actual política, los Tritopatores habrían encontrado más de un seguidor en aquellos que creen que hay valores inamovibles. Quién sabe si inclusive en nuestro sistema actual, algunos desearían enviar a estos dioses a desatar algo de “eterna fertilidad” a sus ideologías moribundas, o reforzar la estructura clásica de la familia que se estaba perdiendo en las olas del progreso.
Hoy día, podría sorprender a algunos que nos refiramos a un trío de dioses prácticamente olvidado como un ejemplo relevante. Pero si observamos bien, hay similitudes innegables. Los valores familiares eran inatacables y casi divinos, la continuidad generacional un objetivo que no se dejaba al azar. Cualquier entusiasta que defiende un hogar basado en principios claros podría verse en el reflejo de quienes clamaban a los Tritopatores. La importancia que tenía incluir a los ancestros en el cuidado y protección de las generaciones futuras es un tema que crisparía a más de uno que lidia con modelos familiares alternativos.
Si en la Antigua Grecia los Tritopatores eran venerados en altísimas y reverenciadas ceremonias familiares, hoy el hogar debería ser un templo donde se cultiva el futuro de la sociedad. Aquellos que abogaban por los Tritopatores habrían sabido perfectamente que cualquier cambio radical puede destruir el armónico zumbido con el que los valores tradicionales guían a la humanidad.
No es raro que la sociedad moderna se haya olvidado de estos viejos deidades. Entre profecías y ritos, la tradición permite la asimilación de espiritualidad en un camino que no se desvía con las modas pasajeras, algo que la gente de botas fuertes en la política considera con pena lo que podríamos haber preservado. Si los ancianos griegos supieran cómo diluimos antaño firmes estructuras familiares en el pantano progresista, habrían retumbado en un coro de descontento hacia las nubes.
Es casi irónico cómo las figuras mitológicas encarnadas en la tradición, desde el cine hasta las redes sociales de hoy, son aceptadas y alabadas, a pesar de nuestra ignorancia sobre la historia real que alguna vez hicieron vibrar esas almas. Pero aquí estamos, olvidando la esencia de los Tritopatores mientras abrazamos una globalización que poco retiene de lo que valió.
En un griego no tan lejano, la familia y sus preocupaciones eran temas de deidades, y estas deidades eran Tritopatores. Quién imaginaría que verlas con tanto fervor provocaría un choque entre mundos: el pasado glorioso que reverencia valores sólidos y una modernidad líquida que sucumbe al vaivén de los vientos.