Cuando la OMPI te enseña a pagar por lo que es justo, ¡y todavía se quejan!

Cuando la OMPI te enseña a pagar por lo que es justo, ¡y todavía se quejan!

El Tratado de Derechos de Autor de la OMPI, firmado en 1996 en Ginebra, busca proteger a los creadores en la era digital. Aunque promueve una retribución justa, todavía provoca debates entre quienes prefieren un acceso sin restricciones.

Vince Vanguard

Vince Vanguard

Érase una vez un montón de mentes brillantes, en el 20 de diciembre de 1996, en Ginebra, Suiza, donde los países de la OMPI (Organización Mundial de la Propiedad Intelectual) decidieron firmar un documento que, a simple vista, nos prometía un mundo más justo para los creadores: el Tratado de Derechos de Autor de la OMPI. Este tratado reconoce la importancia de proteger los derechos de los autores en un mundo cada vez más digital. El objetivo es defender a esos genios que nos deleitan con libros, música, arte y más, asegurando que reciban las regalías que merecen.

Pero en este mundo, no faltan aquellos que se escandalizan ante la más mínima iniciativa que suene remotamente a regulación o, peor, a retribución. ¡Cómo si pagarle a alguien por su trabajo pudiera ser un mal del siglo XXI! Desde esa fecha, este documento ha puesto sobre la mesa la necesidad de actualizar las leyes de derechos de autor para adaptarse a la era digital y proteger a los creadores de todos los formatos imaginables.

Ahora, hablemos claro. En un mundo donde las películas, las canciones y los libros bailan libremente por el ciberespacio, alguien tiene que ponerle precio a ese esfuerzo. Lo que hace el Tratado de Derechos de Autor de la OMPI es precisamente eso: otorgar un marco para que los países se aseguren de que las leyes internas protejan al creador. Se crearon mecanismos para que las infracciones de derechos de autor en el terreno digital no queden impunes. ¿Te parece poco?

En cada rincón del planeta, desde Tokio hasta Buenos Aires, esta normativa ha promovido que las obras sean usadas justamente y que los beneficios volviesen a los que tanto se han esforzado. Se han integrado nuevas normativas que, en esencia, fortalecen la mano de los que crean contra aquellos que solo piensan en copiar y engañar. Ahora, hay menos espacio para las piratas audiovisuales que no pagan ni un centavo por lo que consumen. Pero, por supuesto, aun así, algunos levantan sus voces airadas, bien preocupados porque ven amenazas en lo que no son más que reglas de juego claras: ¡que cada uno reciba lo que le corresponde!

Algunos gobiernos aprovecharon esta oportunidad para modernizar sus leyes, estableciendo organismos que velan por el cumplimiento de estas normas, incluyendo recaudaciones adecuadas para las infracciones. Otros, suspicaces de la regulación, miran para otro lado, ignorando que esos motores intelectuales que mueven al mundo no se alimentan de aplausos sino de capital. Ahí es donde surgen los típicos lloriqueos de aquellos que ven en la privatización de la creación cultural una supuesta pérdida de libertad. ¡Qué ironía! La auténtica libertad de un creador es poder vivir dignamente de su obra.

El Tratado de la OMPI no solo habla del presente. También, anticipa al futuro, protegiendo las obras que aún no se han pensado siquiera. Alienta el progreso, impulsa la innovación, ya que el creador sabe que su esfuerzo no será en vano. Nos guste o no, esta narrativa de retribución justa ayuda a estimular más creación, lo que redunda en más contenido del que puede disfrutar la humanidad, siempre y cuando, por supuesto, estemos dispuestos a reconocerlo como corresponde.

Por supuesto, todos sabemos que hay sectores acomodados mediáticamente que adoran el consumo insustancial sin pensar quien está detrás de las creaciones. Sucede que ciertos grupos siempre están más preocupados por defender un acceso alegre, incluso si esto implica respaldar prácticas que escatiman las recompensas a los más hábiles de nuestra sociedad. Lo que en verdad hace este tratado es desalentar la piratería, equiparando derechos para que, quien más corresponde, más perciba. Porque al final del día, el mundo no puede sostenerse de un modus operandi de 'todo gratis'.

Últimamente, los avances digitales han cambiado las reglas del juego y es vital que cada nación se alinee con las bases culturales que se nos han proporcionado. No hay excusa válida, más allá de las sufridas quejas de los indiferentes a la propiedad intelectual. Este tratado ha sido un hito para la civilización moderna, etiqueta a cada creador como el verdadero dueño de aquella chispa que iluminó nuestra rutina.

Es hora de que cada gobierno, en cada esquina del mundo, haga un esfuerzo por comprender la trascendencia de este marco y actúe en consecuencia. Mientras algunos se preocupan por lo que ven como un 'pago innecesario', otros, más sensatos, miran al futuro con esperanza, sabiendo que la innovación y la inversión en creatividad estarán garantizadas incluso para las generaciones venideras. En fin, el camino hacia el respeto y la justa recompensa es el único que vale la pena seguir.