Hace mucho tiempo, en el tranquilo pueblo de Stratford, donde el talento de Shakespeare inmortalizó el arte del teatro, un drama moderno se despliega: su sistema de tránsito público. Imagínese, una obra sin igual sobre ruedas, enfrentada a retos donde el libreto olvidó escribir el sentido común. Aquí, la compañía del transporte público, aclamada por su eficiencia (seguro), ha sido más una tragedia que una comedia.
Resulta que, en Stratford, el tránsito público pretende ser la solución perfecta a los problemas urbanos. Con bombos y platillos fue anunciado por todo lo alto prometiendo eficiencia y accesibilidad para todos. Sin embargo, al igual que una comedia de errores, los resultados distan mucho de ser satisfactorios. La implementación comenzó hacia finales de la década pasada, en un esfuerzo por imitar a las mejores urbes del mundo. Sin embargo, ha quedado claro que Stratford está lejos de Londres, al menos en términos de logística y planificación.
Primero, hablemos de las rutas. ¿Alguna vez ha intentado llegar del punto A al punto B en Stratford usando autobuses? Es como seguir un mapa marcado por un poeta con demasiada creatividad y poco sentido geográfico. Las rutas parecen haber sido diseñadas por alguien que confundió un circuito cerrado con una línea recta. Los retrasos son la norma, no la excepción, y si tiene suerte, su destino no estará fuera del alcance del sistema.
Los autobuses mismos son una joya de la ingeniería moderna, o al menos eso deberían ser. En la práctica, estos vehículos magníficos a menudo se encuentran fuera de servicio, con mantenimiento pospuesto por razones que se reducen al gasto más que al bienestar de los ciudadanos. Dicen que la paciencia es una virtud, y los usuarios frecuentes del sistema lo saben a ciencia cierta.
¿Y qué me dicen de la frecuencia del servicio? Es una misiva que produce más preguntas que respuestas. En lugar de ofrecer un servicio coherente, parece jugar a las escondidas, con autobuses que aparecen y desaparecen al azar, como espectros en un antiguo castillo británico. Para aquellos que dependen de esta red para llegar a sus empleos, la situación podría convertirse en una comedia de humor negro, si no fuera tan patéticamente seria.
Además, el costo del pasaje es un elemento que añadimos al guion tragicómico de nuestro sistema de tránsito. Los precios suben, y como resultado, algunos terminan valiendo lo que podría comprarse un sándwich decente en cualquier cafetería inglesa. Cuentan que algunos planes "osados" sugieren la inclusión de coches sin conductor o la implementación de tecnologías de primer mundo en el sistema. Bromas aparte, lo más probable es que, si alguna vez estos avances llegan a Stratford, ya no los necesitaremos porque seremos parte de una secuela distópica.
Por supuesto, no necesitamos olvidar las estaciones, esos íconos del modernismo más olvidado. Lugares que deberían resguardar del clima inglés, conocidos por cambiar de la misma manera en que cambia la trama de una novela de Agatha Christie. Se encuentran a menudo abandonados, o quizás mejor dicho, inadaptados para una espera lo suficientemente larga para leer una pieza completa de la obra de Shakespeare.
Y, ¿quién tiene la responsabilidad de esta obra maestra del desastre público? Está claro que los escribas, o más bien los arquitectos de este espectáculo, no son las almas más creativas o prácticas de la historia. Algunos todavía resuenan con ideas de vanguardia, sin comprender que las ideas ideales no siempre funcionan en el mundo real. Mientras el mundo busca alternativas verdes, aquí el idealismo parece fallar cuando se enfrenta a la ley de la oferta y la demanda.
Finalmente, la seguridad. Creeríamos que en un país donde el sol raramente se ve, al menos estaríamos seguros esperando un autobús. Las medidas de seguridad tanto para los pasajeros como para los conductores brillan por su ausencia más que las estrellas en el cielo nublado.
En un mundo donde la funcionalidad debe ser la prioridad, que Stratford brinde un paso atrás solo evidencia la necesidad de un cambio real en lugar de promesas vacías. Pero tal vez eso es esperar mucho, cuando estamos gobernados por aquellos que se olvidan de escuchar a la mayoría en pos de sus ideales personales.