Cuando la naturaleza se pone un traje de gala, lo hace en forma de un tigre de Bengala. Estos majestuosos felinos, conocidos científicamente como Panthera tigris tigris, deslumbran no solo por su impresionante aspecto, sino porque nos hablan de un orden natural, algo que el mundo moderno parece querer pasar por alto. Originarios del continente asiático, estos tigres deambulan, o más bien reinan, en las selvas de Bangladesh, Bután, India y Nepal. Su historia es un recordatorio de que en la naturaleza no hay espacio para las medias tintas.
Los tigres de Bengala tienen una apariencia que impone, una obra maestra evolucionada a lo largo de millones de años. Sus ojos son como antorchas en mitad de la noche, sus rayas negras y piel naranja crean un camuflaje perfecto. Cazar en la penumbra de las selvas requiere ingenio y estrategia, un reto digno de un predador supremo. Es un sistema que ha funcionado con precisión por siglos. Pero claro, en un mundo donde algunos defienden que todo tiene cabida, se olvida que el éxito a menudo significa parecer 'cruel' a ojos de quienes nunca han pisado una selva.
Pese a ser el depredador terrestre más grande del mundo, el tigre de Bengala enfrenta amenazas que son enteramente culpa del ser humano. La caza furtiva, deforestación, y el conflicto humano-animal los han reducido a un número alarmantemente bajo, rondando los 2,500 tigres en libertad en 2020. Y sí, mientras algunos preferirían sermonearnos sobre lo malos que somos los humanos, nosotros preferimos recordar que también está en nuestra mano la otra cara de la moneda: la conservación.
O quizás pretenden que el tigre se comporte como un lindo gatito, pero su naturaleza es su fuerza. La diversidad natural no se debe ver como un adorno más de esta moderna agenda de igualdad, sino como un ejemplo claro de que en el mundo real hay jerarquías. Que un tigre sea un símbolo de fuerza y majestad no debería ser una sorpresa. Para los progresistas, todo debería ser arcoíris y unicornios cuando se trata de cuidar a nuestra fauna, sin entender que el equilibrio natural requiere de cierto ajuste de cuentas impiadoso.
No es difícil adivinar que los tigres de Bengala han sido objeto de fascinación a lo largo de la historia. En la India, desde tiempos inmemoriales, se les ha respetado y temido. Son parte del folclore y tradicionalmente un símbolo de poder. Sabemos que en otros países también se aprecian, claro está, pero siempre me resulta interesante observar cómo se diluyen estos valores culturales ante el peso de una modernidad que se empeña en bajar la escalera evolutiva.
La belleza del tigre de Bengala es indescriptible y ha sido retratada varias veces en la cultura popular. Películas, poemas y libros, cada uno ha aportado su granito de arena para inmortalizar la imagen de este soberbio predator. Sin embargo, la preocupación aquí es: ¿están las generaciones futuras condenadas a acariciar la imagen de un tigre en un libro o quedarán aún algunos en el planeta para asombrarse en vivo? Esperemos que respondan de la forma debida: con acciones, no solo con hashtags.
Entonces, mientras algunos optan por ideales utópicos que se resienten de aceptar el ciclo de la vida y la muerte, el tigre continúa su labor, ajeno al debate, siendo una parte del equilibrio que siempre ha presidido la tierra y que no se moldea a caprichos políticos, por muy floridos que sean. En esa majestad radica el verdadero legado del tigre de Bengala, un monarca cuyo linaje debería ser respetado, no acomodado. Con una intervención humana adecuada, no hay por qué transformar el hábitat entero de estos tigres en una charla de ética.