¡Llamen al servicio meteorológico! El Tifón Wilda en 1964 llegó y arrasó como si fuera un torbellino loco dispuesto a demostrar que la madre naturaleza manda, le guste a quien le guste. Wilda se formó el 25 de septiembre de 1964 y alcanzó su máximo poder el 25 de octubre del mismo año. Este tifón, con sus vientos que alcanzaron los 150 km/h, causó estragos principalmente en Japón y Corea del Sur, lugares a los que llegó con la fuerza de un gigante desatado. La verdadera sorpresa fue la habilidad de este fenómeno para doblegar infraestructuras que, según los expertos de la época, estaban bien preparadas para este tipo de invasiones acuáticas. ¡Vaya sorpresa se llevaron cuando vieron el verdadero poder de la naturaleza!
En Japón, las viviendas se construyen casi como fortificaciones gracias a la continua amenaza de tifones y terremotos. Sin embargo, Wilda enseñó que el hombre no siempre es rival para la naturaleza. En la era actual, con tanto tecnócrata pensando que pueden controlar todo con ciencia y tecnología, Wilda sirve como recordatorio de que hay cosas que están más allá del control humano. La tormenta provocó intensas lluvias que desencadenaron inundaciones y deslizamientos de tierra, dejando a la población en una situación complicada. Si esto no es suficiente para plantearnos lo que realmente somos frente a fuerzas naturales, no sé qué más necesitamos para abrir los ojos.
Las cifras son impactantes, pero refuerzan el contexto del golpe recibido. Las autoridades reportaron pérdidas significativas y daños materiales cuantiosos, que en aquella época se tradujeron en millones de dólares. Las vidas humanas también se vieron afectadas, con más de 60 personas fallecidas. En Corea del Sur, la situación fue similar. El tifón se convirtió en un despiadado depredador, desplazándose sobre el territorio mientras el mundo observaba atónito. Recuerda que estamos hablando de una era donde la preparación para este tipo de eventos no había alcanzado el nivel actual. Wilda no respetó fronteras; simplemente ejerció la potencia que le caracteriza.
Entonces, la lección es clara. Los gobiernos de la época se vieron forzados a reconocer que había más por hacer en cuanto a medidas de preparación y prevención. Muchas regiones no estaban listas para un desastre de tal magnitud, demostrando que el verdadero progreso es cuando estamos listos para lo peor, no solo para lo mejor. La gestión de crisis, aún en sus etapas formativas, mostró que era deficiente y, como siempre que se pone en jaque a las políticas públicas, los resultados son palpables.
Estamos en el siglo XXI y uno pensaría que hemos aprendido de nuestros errores. No obstante, el mismo canto se repite una y otra vez. Cuando vemos a liberales clamando por un control climático irreal, sus argumentos se debilitan ante historias como la de Wilda. La realidad es que, al igual que en 1964, vivimos en un mundo donde el hombre sigue siendo un titán con pies de barro frente al poder de la naturaleza. Dependemos de políticas sólidas que nos ayuden a mitigar, no a controlar, lo incontrolable. Quizás en esta pequeña lección pasemos a entender lo mucho que nos queda por recorrer.
El legado de Tifón Wilda está grabado no solo en los libros de botánica y meteorología, sino también en la memoria colectiva de la región que tocó con su azote implacable. Las mejoras en infraestructuras, los planes de evacuación y la conciencia sobre la preparación ante desastres naturales no son caprichos, son necesidades. Wilda nos demostró tal verdad y nos obliga a recordar que en el tablero de ajedrez del mundo, el ser humano ocupa un lugar secundario cuando la naturaleza decide mover ficha.
Este evento histórico abre la puerta para reflexionar sobre qué otras áreas de nuestras vidas hemos dejado a la suerte en lugar de la previsión. Si algo podemos aprender de Wilda es que la preparación es siempre el mejor aliado, no importan las décadas o los recursos, es un recordatorio atemporal. Nos guste o no, siempre habrá un Wilda esperando a poner a prueba nuestras costumbres y nuestras comodidades, y son eventos como estos los que nos obligan a estar listos y a asumir la responsabilidad de un mundo que, como 1964 demostró, está más allá de nuestro control.