Cuando hablamos de la teoría del guion sexual, no estamos discutiendo sobre una película de bajo presupuesto, sino de un concepto que ha moldeado nuestra sociedad desde que existe el ser humano. John H. Gagnon y William Simon introdujeron esta teoría en la década de los setenta en Estados Unidos. Su premisa es sencilla pero poderosa: nuestra cultura define cómo vemos y reaccionamos a la sexualidad. A través de normas y roles, nuestros comportamientos sexuales se guían como si siguiéramos un guion preescrito.
La teoría del guion sexual afirma que todos nacemos con una especie de libreto social que dictamina nuestras experiencias sexuales. En el mundo del sentido común, podríamos decir que esto es lo que nos dice el “manual” de cómo comportarnos en cuestiones del sexo. Como si no tuviéramos cerebro propio, actuamos como robots bien entrenados por los caprichos de la sociedad.
Es increíble cómo desde el patio de recreo hasta la sala de conferencias, todos estamos actuando según este guion. ¿Y quién escribe las líneas? Principalmente, los medios, la educación, y los valores transmitidos de generación en generación. Los hombres son los cazadores, y las mujeres las recolectoras, ¡por favor! Estas ideas anticuadas y arcaicas son las que la teoría intenta desentrañar y exponer.
¿Y dónde están los riesgos en seguir este guion sin cuestionar? Primero, conduce a un sinfín de malentendidos y conflictos en relaciones personales, como si del telediario se tratara. Segundo, moldea la percepción de los géneros en una narración limitada y, a menudo, injusta. La insistencia en convertir un deseo personal y privado en parte de un tráfico social más amplio es asfixiante.
Esta teoría zanja diferencias entre la realidad y la ficción, pero, ¡ah!, cómo les encanta a algunos pintarla como una lucha entre lo “progresista” y lo “tradicional”. No obstante, hablemos de los efectos nocivos. El guion dicta, por ejemplo, que el hombre debe ser siempre el iniciador en una relación, encarando el riesgo del rechazo porque “así son las cosas”. Pero, ¿y si preferimos un poco más de igualdad?
Vale, hablemos entonces de educación sexual: ese rinconcito de la academia que muchos prefieren evitar. Bajo la influencia del guion sexual, la educación se torna en una farsa. Se enseña poco sobre el consentimiento, la diversidad o las emociones, pero se memorizan lecciones como si la biología fuera un catálogo de Ikea. Se requiere valentía para cuestionar y rechazar las directrices que la sociedad nos impone como si fueran las únicas posibles.
En un mundo dominado por las pantallas, Netflix y la influencia creciente de las redes sociales, se nos dice cómo amar, cómo desear, incluso cómo terminar una relación con un simple 'Adiós'. Esto es la auténtica pesadilla de cualquier intelectual auténtico.
Por si fuera poco, la globalización ha extendido estos guiones climáticos a cualquier punto del mapa, desde Tokio a Buenos Aires, como si fueran dogmas universales. Y después se extrañan cuando el drama tiende a repetirse sin cesar.
Es entendible que esta teoría no se acomode a ciertas corrientes ultraliberales que ven en cualquier cuestionamiento un ataque directo a su utopía multicultural e igualitaria. Rechazar el guion podría resultar en un rescate de nuestra natural capacidad de decidir cómo vivir en nuestras situaciones personales, sin necesidad de seguir instrucciones dictadas hace décadas.
Así que aquí estamos, gestionando nuestras vidas con el guion en mano, algunos obedeciendo, otros con el coraje de escribir sus propias líneas. Y mientras estemos en ese proceso, estamos legando a las futuras generaciones una realidad menos encorsetada por limitaciones predeterminadas por otros, pero con el reto de afrontar un futuro donde la hegemonía del guion sexual sea tan solo un mal recuerdo.