La Temporada 2017 de los Giants de Nueva York fue un desfile de errores, incógnitas y decisiones que cuestionarían hasta al más aficionado. Todo comenzó el 10 de septiembre en el AT&T Stadium, donde los Giants fueron derrotados por los Dallas Cowboys con un marcador de 19-3, y vaya que el inicio fue revelador de lo que vendría después. A lo largo de la temporada, los Giants terminaron con un impresionante récord... sí, impresionante en su mediocridad: 3 victorias y 13 derrotas. En una ciudad acostumbrada al éxito, este fue un año para sacudir cabezas y preguntarse qué demonios sucedió.
Empezando con la ofensiva, las expectativas se habían fijado en Odell Beckham Jr. y su habilidad para sacudir el campo, pero el destino tuvo otros planes. Las lesiones lo dejaron fuera y la línea ofensiva, carente de coordinación y habilidad, no fue capaz de dar el soporte necesario a un equipo que prentendía ser ganador. Eli Manning, el mariscal de campo, se quedó solo luchando en vano como un general al mando de un ejército sin munición. Su constancia fue admirable, pero sin Beckham a su lado, poco pudo hacer más allá de lanzar desesperadas plegarias al campo.
El juego de carrera fue tan efectivo como intentar llenar el Océano Atlántico con un balde. La situación de los corredores, con Orleans Darkwa y Wayne Gallman, no representaba una auténtica amenaza para las defensas rivales. Fue, digámoslo claramente, un desastre. Cero explosividad y una línea que dejaba pasar a los rivales como si de invitados especiales se tratara.
La defensa, una vez orgullo del equipo, se desplomó como un castillo de naipes. Jugadores que en temporadas anteriores brillaron, como Janoris Jenkins y Landon Collins, no pudieron elevar su juego al nivel que el equipo necesitaba. Aquella defensa que fue comparada con ‘La Cortina de Acero’, parecía más una persiana maltratada por los vientos del otoño.
¿Y qué hay del liderazgo? El entonces entrenador en jefe, Ben McAdoo, tuvo que hacer frente al descontento y las expectativas no cumplidas. Bajo su supervisión, las jugadas no coordinaban, y el equipo lucía perdido, casi sin brújula ni dirección en el campo. McAdoo pagó caro por esto; el 4 de diciembre fue relevado de su posición, lo que era inevitable viendo el caos y la falta de autoridad.
Los problemas no quedaron solo en el campo de juego, extendiéndose también hasta las oficinas. La planificación, la estructura, y la elección de jugadores dejaron mucho que desear. Se corrió el rumor de un vestuario dividido, y en esa falta de unidad encontrábamos una de las razones de tantos fracasos.
Para una franquicia con dos victorias en el Super Bowl en la memoria reciente, la temporada 2017 fue una lección amarga. Lo más triste para los fanáticos de los Giants es que toda esta debacle pudo haber sido evitada. Pero entre malas decisiones ejecutivas y en la cancha, esta temporada fue una caída libre sin paracaídas. Esa temporada, esperemos, será un recordatorio de lo que no se debe hacer.
Los optimistas podrán opinar que sirvió para reestructurar y reconstruir, mientras que los más críticos podrían ver el 2017 como una oportunidad despilfarrada. Lo que está claro es que el deseo de Grandeza tiene un largo camino antes de volver a la Gran Manzana. Mientras unos prefieren experimentar en la NFL como si de una ciencia social se tratara, en el fútbol americano queda claro lo imprescindible: eficiencia, liderazgo, y unión, cosas que en 2017 los Giants no lograron.