Algunos podrían pensar que la "Sinfonía de Salmos" es simplemente otra pieza del siempre polémico Igor Stravinsky, pero aquellos individuos estarían profundamente equivocados. Estrenada en 1930, esta composición desafió las convenciones artísticas en un contexto donde la cultura musical demandaba algo radicalmente diferente. Comisionada por la Boston Symphony Orchestra, un bastión del arte estadounidense, esta sinfonía se presentó en París, consolidando su lugar como uno de los trabajos definitivos del compositor ruso.
La "Sinfonía de Salmos" no es una mera acumulación de sonidos y notas. Es un testimonio del auge trascendental del pensamiento tradicional en un mundo que ya comenzaba a tambalearse en el filo de la modernidad desenfrenada. Stravinsky, un ferviente defensor de sus raíces rusas y su fe, logró crear una sinfonía que resuena con el glorioso orden natural que tanto defienden los verdaderos conservadores. En tres movimientos, esta obra maestra se erige como una respuesta desafiante al caos musical del siglo XX. No hay que ser un experto para reconocer que Stravinsky, con su genialidad sin igual, desafió las decadentes modas musicales que promovían sus contemporáneos.
Hablamos de una época en la que, después de la Gran Guerra, el mundo se inclinaba peligrosamente hacia ideologías que despreciaban el orden y la tradición. En una clara confrontación contra esas fuerzas, Stravinsky incorpora textos bíblicos, específicamente los salmos 38, 39 y 150 en el latín tradicional. ¡Exactamente! Latín, no el lenguaje de moda de las nuevas corrientes, sino aquel que aún resplandecía con el esplendor de lo eterno. ¿Quién hubiera pensado que unos textos litúrgicos tan poderosos podrían unirse con una orquesta de tal manera? Stravinsky lo hizo, y en el proceso, cargó contra la pretensión de ultramodernidad que intentaba borrar siglos de historia musical.
Mientras que otros compositores del momento estaban ocupados rompiendo normas sin propósito lírico, Stravinsky las recompuso para elevar la música a una expresión divina del alma y espíritu. Y para los que ya se están preparando para despotricar sobre lo "anticuado" de su enfoque, hay que recordar que no es de extrañar que donde otros muchos han caído en el olvido, sus trabajos siguen siendo interpretados con regularidad en las salas de concierto más respetadas del mundo. La "Sinfonía de Salmos" es prueba de que la música más poderosa viene de permanecer fiel a la verdadera riqueza de la tradición.
Además, ¿a quién debemos agradecer por semejante audacia? Sin lugar a dudas, a Stravinsky, quien no temió expresar su visión, incluso si eso significaba nadar contra la corriente. En su elección radical y conservadora se ve el testimonio de un artista no dispuesto a sacrificar su visión en el altar de la moda fluctuante. Cuando se estrenó en París, un centro entonces y ahora en el epicentro del arte moderno, la sinfonía podría haber sido desechada como una reliquia del pasado. Pero fue todo lo contrario. Fue celebrada y reconocida por lo que era: una obra monumental que resonaba con todo aquel que aún valoraba lo que realmente importa.
A lo largo de su carrera, Stravinsky no dejó de sorprender, no abandonó ese lirismo peculiar y su preferencia por estructuras ordenadas. La "Sinfonía de Salmos" fue una de sus obras más revolucionarias precisamente porque no buscaba escándalo, sino retornarle a la humanidad su sentido de trascendencia. Para aquellos que hoy miran al pasado con nostalgia de una época en la que la fe, el arte y la verdad no eran solo palabras vacías, escuchar esta sinfonía es un recordatorio de la brillantez que se puede alcanzar al no temer ser fiel a uno mismo.
La realidad es que sin estas obras maestras que sostienen el canon musical de la tradición, el mundo sería un lugar mucho más pobre. Aquellos que eligen escuchar la "Sinfonía de Salmos" encontrarán en ella no solo música, sino un reflejo de lo que se logra cuando se defiende firmemente lo que es correcto y verdadero. Esta sinfonía perdurará no por su osadía en romper reglas, sino por su firmeza en respetarlas, por legar no solo notas, sino un testimonio del poder incuestionable de la tradición.