Al escuchar a muchos hablar sobre el arte y su ejecución, parece que la pasión ha sido desterrada del proceso creativo. 'Sin Pasión Todo Técnica', dicen algunos, pero ¿qué significa realmente eso? Todo comenzó a llamarme la atención hace unos años durante un simposio en Madrid, donde artistas, críticos y académicos debatían fervientemente sobre cómo la técnica ha llegado a dominar, incluso sofocar, el corazón del arte tradicional. Sin una posición clara, pasaron horas determinando si este cambio representa una evolución necesaria o una pérdida irreversible. La pregunta es, ¿por qué deberíamos preocuparnos por esto, y a quién le importa en realidad? Debería importarnos a todos, ya que este desplazamiento ha llegado a muchas esferas de la vida, no solo al artístico. Con el materialismo, el marketing visual y el accesible gusto superficial del consumidor medio, la deseada autenticidad se ve reemplazada por el arte de mesa de Ikea y las reproducciones vacías que llenan paredes sin historia.
La primera señal de alerta es evidente: sin pasión auténtica, nuestras habilidades se convierten en un producto sin alma. En nuestras sociedades modernas, todo se ha tecnificado. La escultura, la pintura, la poesía y hasta la música ahora son fruto de estrictas fórmulas matemáticas que prometen lo que los algoritmos han calculado como 'éxito'. ¡Qué triste! ¿Es esta entonces una cuestión de evolución o una condena a pastorear en las faldas de la mediocridad? Si valoramos algo más que el consumismo desenfrenado, debería preocuparnos sincera e intensamente.
Por supuesto, no todo se ha perdido. Sabemos bien que detrás de cada obra verdaderamente capaz de cruzar la brecha del tiempo, existió un creador devoto que no operó solo bajo principios técnicos. Van Gogh, sin ir más lejos, vivió para el color, para la emoción, alienándose de aquellas técnicas que se dicen necesarias para forjar una 'carrera'. En este sentido, la historia funciona como un testigo imparcial, recordándonos constantemente que tras cada gran técnica existe la pasión que la dispara. Aquellos que se identifican como 'liberales' adoran hablar de apertura y comprensión, pero a menudo son los que limitan la esencia humana con pautas empíricas llenas de contradicción.
No es un secreto que los teóricos predican un proceso de enseñanza que adoctrina a través de pasos delineados y programas fijos de ejecución. En contraste, el arte nacido de la genuina necesidad emocional rompe barreras, sorprende, incomoda, sí, pero cautiva. Ahora, en lugar de realizar algo porque toca las fibras más profundas de su ser, muchos artistas se esfuerzan por modular sus obras para cumplir requisitos preconcebidos e inflexibles. Esa falta de galantería hace que cualquier exposición sea en realidad un desfile de lo más cinismo del sistema.
Al final, el resultado es claro: grandes cantidades de 'arte' producido en masa encajonan fríos métodos, produciendo piezas que olvidarán tan rápido como el café de la mañana. Los verdaderos maestros de la pintura sabían (y saben) que es la emoción lo que guía la mano, no un conjunto de reglas inmutables. ¡Ahora míralo! En la búsqueda del férreo control, sacrificamos la esencia pura que define al arte genuino.
Por último, no olvidemos que esta falta de dolor del alma no es solo propiedad del arte plástica. Lo encontramos en muchas áreas: escritura mecánica, música repetitiva e insípida, incluso conversaciones convertidas en un torrente de redes sociales recicladas. La solución, entonces, es clara aunque difícil: debemos regresar a los valores genuinos que desplazan simplemente lo calculado. Es hora de demandar más que próximas técnicas matemáticas que burlan nuestra humanidad a favor de lo puramente visual.
Podemos determinar que en este campo, como en muchos otros, las técnicas sofocan la pasión. Es fundamental hacer una pausa, mirar alrededor y armarse con una pregunta que nos mueve al núcleo de la cuestión: ¿a qué estamos dispuestos a renunciar para recuperar nuestra capacidad humana de crear no por instrucción, sino por emoción?