¿Quién dijo que la política era aburrida? Silvia Sapag, una figura política de Neuquén, Argentina, ha logrado destacarse en el ámbito nacional gracias a sus posturas a veces polarizadoras y ciertamente controversiales. Fue elegida senadora nacional por Neuquén en el año 2019, representando al Frente de Todos, un partido conocido por su inclinación populista. Con un apellido que lleva el peso de una dinastía política, su presencia en el Congreso no pasa desapercibida. Su historia está marcada por su participación en la arena política y su relación con el fallecido presidente Juan Domingo Perón.
Silvia quizás sea el ejemplo perfecto de cómo el apellido no siempre significa calidad cuando se trata de gobernar. A lo largo de su carrera, ha defendido causas que, aunque populares en ciertos círculos, dejan mucho que desear cuando uno se detiene a analizar los efectos reales que tienen en la vida cotidiana de los ciudadanos comunes y corrientes. Desde políticas económicas socialistas hasta posiciones sobre derechos que muchos consideran un atentado contra la propiedad privada, Sapag parece más interesada en perpetuar un legado familiar que en aplicar políticas que realmente impulsen el crecimiento y la libertad individual.
Es interesante observar su defensa a ultranza de algunas políticas ambientalistas que, si bien suenan bonitas sobre el papel, pueden ser catastróficas para la economía. ¿Quién podría olvidar aquel debate acalorado sobre la explotación de Vaca Muerta? Mientras los peronistas en general pintaban el cuadro de un futuro verde y próspero, las voces críticas advertíamos que sin un desarrollo económico sólido, cualquier esfuerzo por "salvar al planeta" sólo llevaría a más pobreza y desempleo.
Hablando de disputas, el estilo de Silvia Sapag en las discusiones públicas es tan encantador como un encuentro con un grupo de adolescentes activistas a las 7 de la mañana. Su actitud beligerante y su falta de disposición para escuchar otras perspectivas no hacen más que acrecentar la división entre las diversas facciones políticas del país. En vez de buscar la colaboración y el consenso, parece preferir la confrontación.
Sapag es insuperable cuando se trata de captar la atención del público con discursos cargados de demagogia, pero vacíos de soluciones reales. A menudo cita a Perón y su afán por la justicia social, pero resulta curioso que sus políticas no reflejen esa justicia al supuesto proteger a los menos favorecidos. En su lugar, vemos un persistente amarre a ideologías del siglo pasado que tienden a culpar a los "otros" en lugar de explicitar el rol de las políticas internas en la creación de problemas.
Una de las cuestiones más discutidas es su enfoque sobre la ley de interrupción voluntaria del embarazo, donde Sapag se posiciona firmemente a favor. Para algunos, esto puede parecer un avance de derechos fundamentales, mientras que para otros es una desviación moral que deslegitima la vida humana. No es de extrañar que quienes comparten su pensamiento, vean esto como progreso, mientras que los más conservadores consideramos que el verdadero avance está en construir familias fuertes con principios arraigados.
Sería ingenuo pensar que Silvia no recibe el respaldo de un sector importante de la población —esa misma población que quizá prefiere la comodidad de depender del Estado sobre trabajar por una libertad plena. Queda claro que su público objetivo son aquellos que creen que el Estado debe ser el cuidador absoluto de sus vidas. Pero ¿no se habrá planteado nunca lo poco sustentable que resulta ser dependiente del Estado? Quizás el tema de fondo es que, cuanto más dependa la gente del Estado, más poder se concentra entre los elegidos.
En términos de relaciones internacionales, Sapag no ha sido tímida para hacer sentir su voz. A menudo critica las políticas de los países que no alinean con su postura, favoreciendo relaciones con naciones cuyas prácticas internas pueden ser cuestionables desde el prisma de los derechos humanos. Es un modelo de afinidad política que a menudo genera más preguntas que respuestas, sobre todo considerando el estado de polarización política a nivel global.
Silvia Sapag es un reflejo perfecto de una era política marcada por la narración sobre la realidad. Su enfoque evidencia más un deseo de llamar la atención que de resolver los problemas urgentes que enfrentan los ciudadanos. No es sorpresa para muchos que la política se trate más de habilidad teatral que de efectividad mientras sigan en juego jugadores como Sapag, cuyo principal legado podría ser el haber elevado las expectativas de cambio, sin la intención real de satisfacerlas.
Para aquellos que observan desde la barrera, todo el espectáculo de Sapag en el Senado solo reafirma la premisa de que, a menudo, es mejor juzgar a un político por lo que hace, no por lo que dice que hará. Y en el caso de Silvia Sapag, lo que se hace evidente es que todo ese discurso floreciente no compensa las acciones que distan mucho de beneficiar a la sociedad que pretende representar.