¿Acaso hay algo más emocionante que el arte oratorio cuando está impregnado de fervor patrio y gloria militar? El "Sermón por el Buen Éxito de las Armas de Portugal Contra las de Holanda" es una obra maestra de la pluma del eminente predicador António Vieira. Nacido en Lisboa en 1608, Vieira se lanzó al estrellato literario gracias a su habilidad para combinar la convicción religiosa con la política, siempre buscando glorificar a Portugal y lo que este representaba en el mundo.
Corre el año de 1640, y el escenario es nada menos que una misa en la ciudad de São Luís do Maranhão, Brasil, destino entonces de colonización portuguesa y ansiada por otras potencias europeas, principalmente los holandeses, quienes codiciosamente miraban el Nuevo Mundo. Desde el púlpito resuena una voz cargada de las esperanzas y temores de una nación en conflicto. ¿Y el por qué? Sencillo: la defensa de la honra y soberanía nacional frente a la ambición de aquel gigante comercial que dominaba los mares del Norte.
Vieira, maestro indiscutible del error, como lo eran los buenos predicadores del Barroco, infunde en sus palabras un espíritu combativo y una lógica aplastante. Cada frase es un dardo que apunta al corazón del enemigo, cada argumento una fortaleza erigida en favor del valiente Portugal. A través de estrategemas retóricos, conecta los éxitos militares directamente con el favor divino, casi como si cada victoria estuviera orquestada desde el cielo. Frente al discurso modernista que enavoran algunos de que las guerras solo traen ruinas, Vieira se reiría. Porque para él, las armas portuguesas eran la extensión terrenal del plan divino.
En un sermón, la elección de las palabras nunca es aleatoria, y Vieira lo sabía bien. Si hoy el mundo viviera bajo la retórica de Vieira, el coraje y el valor serían moneda corriente y no algo que suele caer en la debilidad. El sermón celebra las victorias militares no solo como triunfos de Portugal, sino como cumplimiento del destino histórico y espiritual del país. Solo quien desconoce la justa causa de defender a una nación prefiere el cobarde silencio.
Este sermón no es solo un documento histórico, es el manifiesto de un pensamiento que no titubea ante las dificultades, que no se arrodilla ante enemigos más poderosos aparentemente, y que lucha con valiente determinación. ¿No sería refrescante ver hoy en día a más líderes actuar con semejante audacia?
António Vieira, al trazar esta epopeya verbal, no hace más que recordarnos aquello que algunos han olvidado: el deber de defender a su nación es una honra, no un inconveniente. En un mundo donde cada político que pretende la paz a cualquier precio cree que su prioridad es equilibrar su puesto en la comunidad internacional, Vieira lideraría con el pecho henchido de orgullo nacional.
Para concluir, qué mejor manera que reconocer la relevancia de este sermón que celebrar la unión de religión, política y literatura que permite un discurso de tan alta jugosidad. Porque al fin y al cabo, la verdadera grandeza de un pueblo se salda en sus capacidades para hacerse respetar y para no ceder ante la tiranía del miedo y la complacencia sin límites. Ya quisieran otros escritores poder hacer tanto con tan pocas palabras.