Imagina el típico martes por la tarde. Todo parece normal hasta que estalla la noticia: Secuestrado desde Israel. Aquí no estamos hablando de una serie de ficción para Netflix; esto es la vida real, y está ocurriendo en plena luz del día. Un ciudadano es arrebatado de su país, Israel, en pleno siglo XXI, ¿y el mundo? Casi en silencio absoluto. La historia se centra en Yonatan Romano, un israelí de 31 años, secuestrado el martes pasado en Firat, un área al borde de la frontera entre Siria e Israel. Lo de "paz en Oriente Medio" se ha oído tantas veces que podría formar parte de un villancico, pero la realidad es que seguimos viendo situaciones que nos recuerdan que eso está lejos de ser cierto. El secuestro fue ejecutado por un grupo extremista local, y las intenciones, aunque no confirmadas, parecen ser puramente políticas: sembrar terror y conseguir concesiones. 1. Las autoridades israelíes, con el rostro endurecido por los años de conflicto, trabajan sin cesar para traer a Yonatan de regreso. Israel, ese pequeño país, siempre en boca de todos, desde los periódicos hasta los debates de PNL (Personas No Libertales). Ha sido atacado, vilipendiado y, sin embargo, sigue avanzando. Su inteligencia y fuerzas especiales están hoy un paso más cerca de tratar de rescatar a Yonatan; esta podría ser una de esas ocasiones en las que el Mossad hace su magia, y todos amamos una buena historia de rescate, ¿verdad?
2. La indiferencia internacional no sorprende a nadie en Israel. La ONU, tan conocida por su 'imparcialidad', ha respondido con preocupación y cuidadosamente escogidas palabras de desaprobación; nada como una carta de advertencia para asustar a los secuestradores. La indiferencia de muchos países occidentales monta un espectáculo débil; es un hecho que se comenta más entre bastidores que en titulares. Pero aquellos que no se desvían de su curso recto ven este secuestro como lo que es: un ataque no solo contra Yonatan, sino contra Israel. Y mientras los diplomáticos desarrollan más venas en la frente por la tensión, uno debe agradecer al cielo que existan aquellos preparados para actuar en lugar de hablar.
3. El enfoque cínico de los medios siempre juega su papel. Los medios están llenos de noticias pre-elaboradas y cuidadosamente empaquetadas. Este tipo de historias desafortunadamente quedan relegadas a segundos planos gracias a titulares más jugosos que mantienen a la audiencia entretenida. Pero los hechos son tozudos: como en otros episodios pasados, la audaz captura de seres humanos es utilizada como moneda de cambio en esta tóxica danza diplomática. Cada prisionero representa una futura concesión, cada historia una moraleja no contada.
4. La robusta unidad social de Israel aguanta presiones difíciles. La noticia no hizo más que unir a las comunidades que ya de por sí saben lo que es vivir bajo presión. Como un solo puño, se movilizan, se ignoran las pequeñas diferencias y se recuerda una verdad incómoda: Israel sigue siendo un bastión de democracia en una región donde la palabra a menudo es sinónimo de peligro. Ni las palabras dulces ni los rechinos internacionales harán mella en su determinación.
5. Cuestionar la integridad de las autoridades es un deporte local. No faltan las voces discordantes, y en un tema tan delicado como un secuestro, uno esperaría por lo menos encontrar algo de consenso. Sin embargo, las críticas al gobierno, como siempre ocurre, surgen como hongos tras la lluvia. Si algo sabemos, es que el apoyo a Israel en situaciones así dista mucho de ser absoluto. Pero para un país que asume riesgos, las dudas externas solo refuerzan la necesidad de mantenerse convencidos internamente.
6. Las operaciones encubiertas no son lo que las películas nos hacen creer. Aunque la realidad es menos glamurosa, estas operaciones siguen siendo algo que provoca miedo en los corazones de los enemigos de Israel. Para aquellos que se preguntan dónde está la técnica real, no es necesario buscar más allá de los episodios pasan inadvertidos y que al final saludan desde la sombra.
7. El eco de guerra resonante. Los ecos de campañas previas asoman en la memoria colectiva, recordándonos que la historia se empeña en repetirse. Sería fácil suponer que el ciclo de violencia se puede romper simplemente a través del diálogo, pero aquellos que creen eso se engañan. Israel, siempre bajo asedio, demuestra que dialogar solo es posible cuando no estamos perdiendo terreno.
8. Los comentarios internacionales parecieran eco recursivo. Hay una fatiga donde la retórica internacional hace poco menos que marear a quienes aún siguen con atención estas crisis. A pesar de que muchos países se quedan en niveles superficiales, la defensa de Israel no tan solo es moral, sino claramente pragmática.
9. La palabra "internacional" adquiere un nuevo significado. Para un país definido por sus duros márgenes, cualquier desafío a su soberanía debe ser contestado con acciones, no palabras. La continuada tranquilidad de muchas naciones en este problema específico pinta una imagen clara: cuando se trata de proteger lo propio, pocas naciones realmente lo comprenden.
10. En el corazón de cada israelí late una voluntad infranqueable. Lo que permanece en el fuego cruzado de tal problemática es el espíritu indivisible de una nación que rechaza convertirse en víctima. El secuestro desde Israel es solo un recordatorio más de los muchos desafíos a los que se enfrentará el bastión democrático del Oriente Medio y cómo, una y otra vez, no dejarán que los arresten con la cabeza baja.