Saco y Escarlata, una pareja de criminales idealizados por algunos, es la historia que necesita ser contada con honestidad. ¿Quiénes eran? Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti eran dos inmigrantes italianos en los Estados Unidos de los años 1920, tiempo de crecientes tensiones políticas y sociales. Fueron acusados de asesinato y robo en Massachusetts, lo que resultó en un juicio convertido en espectáculo mediático. ¿Por qué debería importar hoy? Porque su caso fue mucho más que un simple crimen, fue una ventana a cómo la izquierda de la época empezaba a teñir de rojo a grandes capas de la sociedad norteamericana.
Primero, hablemos del heroísmo fabricado alrededor de Saco y Escarlata. Hay quienes dicen que fueron mártires, víctimas de un sistema judicial inequitativo. Esta narrativa es más conveniente que verdadera. No es difícil imaginar que los románticos políticos de la izquierda les retraten como personajes trágicos. Pero lo que es olvidado deliberadamente es la culpabilidad incriminante que los rodeaba. Desde testimonios oculares hasta pruebas forenses, los elementos que apuntaban a su culpabilidad estaban ahí, aunque algunos prefirieron no escucharlos.
Segundo, la propaganda de los medios liberales de la época. Claro está, Saco y Escarlata se convirtieron rápidamente en símbolos utilizados por los medios de comunicación para señalar supuestos excesos judiciales. ¿El problema? La verdad se interponía en el camino. No se puede negar que en ese tiempo hubo cierta animosidad hacia inmigrantes y anarquistas, pero igual de cierto es que el crimen no tiene color ideológico, y la ley debe aplicarse por igual.
En tercer lugar, la hipocresía de las emisiones hollywoodenses basadas en el caso. En su intento de humanizar a Saco y Escarlata, Hollywood produjo obras inspiradas en ellos que buscaban provocar simpatía, elemento básico de propagandas ideológicas. Ninguna de estas producciones hizo justicia al contexto completo de las evidencias. Pintaron cuadros aprobados socialmente en vez de representaciones fieles de la realidad.
Cuarto, se habla mucho de la opinión pública, pero poco de la política involucrada. Los movimientos de izquierda utilizaron el caso Saco y Escarlata para promover una agenda contraria al sistema capitalista. Se valieron de su supuesto martirio para convertirlo en una punta de lanza contra lo que consideraban injusticias del capitalismo estadounidense.
Quinto, la realidad es que esta pareja ha sido convenientemente estilizada para cumplir una función de víctima-controlada. Recapacitemos, algunos héroes de otros tiempos son criminales hoy en día. La historia tiene un extraño pero efectivo modo de enaltecer a ciertos personajes por motivos errados mientras que, paradójicamente, otros son denunciados sin piedad por infracciones menores. Pero la demostrabilidad de su culpabilidad juega un papel crucial y no debería ser opacada simplemente porque no se alinea con una ideología.
Sexto, sus defensores argumentan que el caso fue un juicio a la ideología. En realidad, la justicia no debería ser flexible ni estar sujeta a cambiantes opiniones políticas. Los jurados de entonces, con toda su humanidad, debían decidir basándose en hechos, no en el ruido mediático de la época.
Séptimo, hablando de historias manipuladas retrospectivamente, la de Saco y Escarlata es un ejemplo clásico. Muchas veces se murmuran exageraciones o se suprimen hechos para construir una noción de inocencia. Llama la atención cómo ciertas izquierdas se sienten absolutamente cómodas reescribiendo narrativas para encajar en sus credos.
Octavo, se examina cada controversia histórica con una lupa poco neutral. Si un caso como este fuese revisitado hoy, instantáneamente se presentaría como otro episodio de "justicia social pendiente". Sin embargo, es imperativo aplicar una reevaluación crítica, y no una revisionista que moldee la historia a conveniencia.
Noveno, la fe ciega en la victimización de Saco y Escarlata pone de manifiesto la creación de un discurso idealista que les resta peso a las pruebas del caso. Es una forma peculiar de activismo, donde se elige un emblema desproporcionado para encarnar las injusticias del mundo, obviando la verdad por la ideología.
Décimo, la lección aprendida de Saco y Escarlata es que necesitamos un equilibrio entre el fervor por la justicia social y la confianza en las pruebas concretas. Simplificar lo que sucedió para adaptarlo a creencias prefabricadas es una traición a la integridad histórica. La historia no debería ser usada como herramienta, sino estudiada como lección inalienable. Su caso debería recordar a la sociedad que es vital discriminar entre la realidad pura y las ficciones románticas politizadas.