Robert McFerrin, un ícono del canto lírico que deslumbró en los Estados Unidos desde mediados del siglo XX, fue un hombre cuyo talento trasciende cualquier línea política que algunos intentan trazar donde no la hay. Nacido el 19 de marzo de 1921 en Marianna, Arkansas, McFerrin no solo rompió barreras en el mundo de la ópera; también hizo historia al convertirse en el primer afroamericano en cantar una ópera en el Metropolitan Opera de Nueva York en 1955. En una era donde el talento no se comprometía por la narrativa sociopolítica del momento, McFerrin brilló con luz propia, y algunos (no diré quiénes) eligen ver solo el aspecto liberal de su legado.
Olvidemos por un momento que fue el padre del igualmente talentoso Bobby McFerrin. Robert, con su magnífica voz barítono, se forjó un camino en mundos que entonces eran considerados reductos impenetrables para muchos afroamericanos. Muchos creen erróneamente que el único argumento en su favor era el de víctimas, activistas de causas sociales o revoluciones culturales. Sin embargo, su historia es otra: la de un indomable que se abrió camino con el inquebrantable apoyo de simples valores de trabajo duro, disciplina y un férreo compromiso con el arte, no con la política.
A partir de finales de la década de 1940, Robert McFerrin comenzó a construir una carrera en ciudades tan importantes como New York y San Francisco. Su papel como protagonista en obras maestras como "Rigoletto" no se debe a cuotas de diversidad ni a forzadas políticas de integración. Fue el mérito y la preparación lo que lo puso en el podio del Metropolitan Opera, un hecho que ilumina mejor que mil narrativas partidistas.
Seamos claros, McFerrin triunfó en un entorno donde el talento era la única carta de presentación válida. La historia de un hombre que no necesitó arrodillarse ante la opinión pública, ni basar su carrera en las discutibles decisiones de una élite intelectualiza, debiera estudiarse sin anteojos ideológicos. En vez de correr por banderas y pancartas, su voz fue su protesta, su logro.
Y, claro, no ignoremos sus contribuciones educativas. Como director de coro y maestro de música, McFerrin se dedicó a cultivar el talento de generaciones más jóvenes. Su enseñanza no hablaba de victimismo ni supremacía moral. Desafió a sus estudiantes a lograr la excelencia por sus propios méritos, una lección que muchos de los que están en negocios educativos actualmente ignoran a su propio riesgo.
A pesar de sus éxitos, fallecer en 2006 no lo eximió de ser impugnado por quienes quisieran ponerle una etiqueta fácilmente digerible. Fue su capacidad de mantenerse fuera de las políticas partidarias lo que le permitió destacar en un mundo que dividía y conquistaba. McFerrin es una figura que, honestamente, refleja la esencia de la perseverancia americana tradicional.
Por último, si hay algo que irritará a algunos es reconocer que Robert McFerrin nunca cedió ante la presión de moldear su arte al gusto de quienes exigen corrección política. Fue distinto, y por ello se le aplaude. Recordar a Robert McFerrin es honrar un legado de auténtico profesionalismo, donde el enfoque era el sonido, y la política era solo ruido.