Resolución 813 del Consejo de Seguridad: Un Llamado Conservador a la Realidad

Resolución 813 del Consejo de Seguridad: Un Llamado Conservador a la Realidad

La Resolución 813 del Consejo de Seguridad de la ONU, promulgada en 1993, representa un ejemplo clásico de buenas intenciones pero escasa acción en conflictos internacionales. Es un recordatorio del escepticismo imprescindible frente a tales promesas idealistas.

Vince Vanguard

Vince Vanguard

¿Alguna vez has leído algo tan fuera de la realidad como una promesa electoral irrealizable en campaña? Así se siente la famosa Resolución 813 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, una tentativa a ser el gran salvador en pleno conflicto del Golfo de 1993; ese tipo de documento al que, como buen conservador, hay que ver con una dosis de escepticismo.

Fue aprobada el 26 de marzo de 1993 en Nueva York, un momento en el que el mundo no sólo lidiaba con las secuelas de la Guerra Fría, sino también con conflictos nacientes que se disputaban el protagonismo en los titulares. Desplegando su típica ensalada de buenas intenciones, esta resolución fue adoptada para enfrentar la inestabilidad en Somalia, un país que se encontraba en medio de un caos político y una guerra civil devastadora.

Podríamos debatir durante horas si realmente fue un éxito o una mera muestra de papel barato pegado a las paredes de la ONU, pero los hechos son contundentes. No se necesitaban ni más resoluciones ni palabras diplomáticas surrealistas; Somalia necesitaba acción, fortaleza y determinación ante un colapso estatal que no paraba de crecer. Sin embargo, la comunidad internacional, en lugar de desplegar medidas concretas y de peso, optó por cargar con esta resolución que pretendía establecer un alto el fuego y crear un entorno propicio para la asistencia humanitaria. Una vez leída la letra pequeña de sus cláusulas, cualquiera con dos dedos de frente ve la falta de sustancia. Ninguna cantidad de tinta derramada hubiese logrado restaurar la paz por sí sola.

La Resolución 813 en esos tiempos, y aun hoy, resalta la típica ironía de los organismos internacionales: intenciones grandilocuentes con muy poco tras ellas. Pidió a todas las partes del conflicto que suspendieran las hostilidades, algo tan esperado como que un lobo se haga vegetariano. Sin embargo, con las tropas estadounidenses y las Naciones Unidas intentando contener la situación, las esperanzas de una paz duradera se disiparon casi tan rápido como la neblina matutina, cuando la determinación no iba acompañada de suficiente fuerza.

El operativo de la ONU para mantener la paz enfrentó problemas complejos en Somalia que no podían resolverse con una simple reunión de políticos sentados cómodamente en sus sillones de Nueva York. La infraestructura política de Somalia era prácticamente inexistente y la creación de un gobierno de unidad nacional se iba alejando cada vez más en el horizonte. Es bien sabido que los líderes tribales y los señores de la guerra no son fanáticos de acatar leyes internacionales, como cualquier conservador ya anticiparía.

Los buenos deseos con los que se adornó esta resolución se quedaron en una idealización de un mundo sin conflictos, sin malos ni buenos, todo bajo la idea errónea de que la buena voluntad genera milagros. Se ignoró, en cierto modo, la necesidad de mano dura, algo que podría haber evitado una larga serie de decisiones mal planteadas que terminaron empujando a Somalia más al caos. La ONU, con su insistencia en el diálogo y la mediación, no se ha dado cuenta de que las crisis no se resuelven únicamente con papel y tinta.

Por supuesto, ante cualquier crítica o desafío, ciertos sectores que defienden este tipo de resoluciones con fervor se escudan en la bandera de las «buenas intenciones». Sin embargo, aquellos de nosotros que conocemos la historia sabemos que las buenas intenciones rara vez generan buenos resultados cuando carecen de un plan estratégico aterrizado. Las consecuencias de este tipo de resolución han sido vistas muchas veces y no es difícil ver por qué una mejor estrategia hubiese sido aplicar respuestas más pragmáticas y menos soñadoras.

La Resolución 813 revela mucho más de lo que aparenta sobre la naturaleza de cómo las decisiones internacionales se llevan al cabo, con voces un tanto utópicas que confunden sueños con la realidad palpable de la tierra. Mientras los conflictos se multiplican con el paso del tiempo, la lección sigue clara: las intervenciones en asuntos internacionales deben ser guiadas por decisiones pragmáticas, no por documentos hipócritas que sólo acaban en más de lo mismo. La paz no es un papel ni una firma, sino resultados tangibles. Puede que para otros no haya sido siempre evidente, pero quienes abogamos por un horizonte más claro y realista sabemos que muchos discursos no sobrevivirán el desgaste del tiempo. Esto, más que nada, es lo que la Resolución 813 y su forma de abordar problemas no supo comprender.