Cuando se habla de autoridad, la ONU no es exactamente el ejemplo de eficacia que todos esperábamos, pero no se puede negar que la Resolución 626 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, adoptada el 20 de diciembre de 1988, dejó huella. ¿Quién hubiera pensado que una resolución que busca asegurar la transición pacífica en Namibia podría encender pasiones? Así es, las emocionantes oficinas de la ONU se convierten en un hervidero de decisiones que moldean destinos. La resolución fue adoptada durante una reunión en Nueva York, uniendo mentes de las más diversas latitudes para discutir el futuro de un pequeño país del suroeste africano. Entonces, ¿por qué es importante? Porque representa cómo se supone que funciona la diplomacia, incluso cuando algunos verán las decisiones de los poderosos como meros gestos simbólicos.
La Resolución 626 fue adoptada para poner en marcha la implementación de la Resolución 435, que buscaba llevar a Namibia hacia un proceso pacífico de independencia, después de años de lucha bajo la opresión de Sudáfrica. Parecería que entender la necesidad de una transición pacífica y segura sería un sentido común, pero siempre hay quienes lo ven de otro modo, en especial aquellos que adoran ponerle piedras al zapato a los que buscan imponer orden. Nada como prolongar el caos en un mundo que necesita más disciplina y menos debates interminables.
Detener el conflicto en Namibia no fue simplemente encender una luz de aviso y decir "¡Listo!" Necesitó de un inquebrantable compromiso internacional para garantizar que un país tenía su independencia sin caer en el desorden. La resolución obligaba a las fuerzas de paz de la ONU a asegurarse de que las elecciones se llevaran a cabo de manera justa y, sobre todo, sin interferencias externas que busquen más el caos que la estabilidad. Algo que, a pesar de parecer de sentido común, algunas mentes modernas consideran demasiado "intervencionista".
Una de las asignaturas que la Res. 626 enseñó al mundo fue cómo tomar una posición firme. Las fuerzas de mantenimiento de la paz de la ONU fueron esenciales. Sí, esos mismos cascos azules que algunos critican y otros ignoran, aquí demostraron que a veces es necesario imponer la paz a quienes no la desean, recordando que la seguridad internacional requiere medidas firmes, no sentimentalismos. Entre la burocracia y la acción permisiva, la ONU acertó al fin asumiendo el papel de árbitro en un juego que, sin reglas claras, se hubiera descontrolado. La historia lo ha demostrado una y otra vez: ningún sistema prospera sin organización férrea.
Algunos dirán que la transición de Namibia es cualquier cosa menos un logro, argumentarán que no fue la paz duradera la que emergió. Pero un mundo ideal donde las resoluciones mágicamente transforman todo está reservado para los soñadores ingenuos. Namibia logró su independencia no solo porque alguien quiso lo mejor para ella, sino porque una estructura de gran alcance, la ONU en este caso, hizo su trabajo de manera eficaz, siguiendo con meticulosa precisión lo que la resolución estipuló como la forma más adecuada para proceder.
Los escépticos podrán llamarlo control, otros lo verán como una mano amiga, pero en ambos casos, la intervención estratégica funcionó. Translaticiamente, Namibia pudo al fin emprender su propia narrativa, no sin dificultades, pero sin una invasión o guerra civil que destroce hogares y vidas. Para quienes entienden que la libertad y la independencia también necesitan de un plan sólido, la Res. 626 es una clara demostración de que, a veces, las acciones decisivas de organismos internacionales establecen precedentes cruciales.
Liberar a Namibia no fue un capricho liberaloide, fue un acto que mostró que el caos debe reemplazarse por un orden planeado con inteligencia y compromiso internacional. Eso sí, bajo la convicción de que la estabilidad solo perdura cuando se aplica con una mano firme y no con ilusiones pasajeras de paz espontánea. Al final, la 626 es un magnífico ejemplo de capítulos de historia donde se impusieron principios firmes por el bien de la seguridad colectiva. Al parecer, hay quienes prefieren otro tipo de historias, pero como todos sabemos, la verdad no siempre es del gusto de todos.