La Asamblea General de la ONU podría ser más emocionante que un partido de ajedrez, pero ¡sorpresa! La Resolución 391 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas es un verdadero cambio de reglas que afecta a muchos, no solo a los que llevan trajes de chaqueta. Adoptada el 15 de junio de 1976, esta resolución se centró en algo insólito en el terreno internacional: la situación entre Costa Rica y Nicaragua. Costa Rica, ese pequeño gigante que apenas hace ruido más allá de sus fronteras, se encontró en el centro de un debate de seguridad internacional. ¿Por qué alguien tendría que preocuparse por ello? Bueno, porque en el entramado de la política mundial, los movimientos más pequeños pueden agitar las aguas más tranquilas.
Todo comenzó cuando Costa Rica, un país que casi podría presumir de ser el Suiza de América Central por su neutralidad desmilitarizada, enfrentó tensiones con su vecino más belicoso, Nicaragua. Este asunto movilizó a la ONU, ese árbitro mundial que a menudo sorprende con sus prioridades. La resolución exhortaba al gobierno de Nicaragua a cesar su agresión y respetar la soberanía territorial de Costa Rica. Intrigante, ¿verdad? Recordemos que en los años 70 había crisis verdaderamente "calientes" en el mundo, y aun así, la ONU optó por discutir esta disputa centroamericana.
Lo simpático de toda esta situación es cómo Costa Rica, sin ejército desde 1948, manejó diplomáticamente esta tensión. En una movida astuta, el país planteó el asunto en foros internacionales, destacando el papel del Consejo de Seguridad para pacificar las relaciones con Nicaragua. Este paso fue tan audaz como eficaz, dado que los intentos previos de resolver la disputa a través de canales bilaterales habían fracasado.
La resolución es un testimonio del creciente uso de la diplomacia y la actuación multilateral en lugar del conflicto armado. De alguna manera irónica, Costa Rica se quedó como el querubín de la paz en un momento cuando el pacifismo era sustituido por intereses de guerra fría y enfrentamientos armados. La Resolución 391 reafirmó el derecho de un país a vivir sin miedo a la invasión o la coerción de sus vecinos. Sin embargo, a pesar de sus buenas intenciones, es difícil no preguntarse si la ONU realmente creía que esta medida estaba resolviendo el problema subyacente o si simplemente estaban aplicando un parche temporal a una ciénaga política más profunda.
Resulta que la influencia de la ONU no siempre es lo que aparenta. Muchas de las críticas que rodean a la organización giran en torno a su efectividad real en escenarios como este. El caso de la Resolución 391 destaca una de esas ocasiones en que la ONU actúa más como una barra de discusión que como una entidad sancionadora. Ni Costa Rica ni Nicaragua se convirtieron en protagonistas principales de los titulares globales; sin embargo, la decisión puso a prueba la política exterior de ambos países.
Y a pesar de todo el escepticismo, esto distingue a Costa Rica como un faro de paz y diplomacia en una región que comúnmente es turbulenta políticamente. La maravillosa ironía es que Costa Rica –sin ejército– ejecutó un ejercicio de peso basado en sus principios de respeto y diplomacia, elevando su estatus en la arena internacional, mientras otros países, con sus fuerzas armadas, insistían en soluciones más abiertamente bélicas.
La ONU, periódicamente criticada por su complacencia y falta de acción efectiva, decidió intervenir para recordar a Nicaragua que el apretar el botón del desorden no es siempre la mejor solución. En esta narrativa, independientemente de las determinaciones de la ONU y la resonancia de la Resolución 391, sale a la luz una reflexión sobre cómo las naciones pequeñas a menudo se enfrentan a retos que las grandes potencias prefieren ignorar.
Aunque para algunos, el accionar de la ONU pudo parecer un teatro diplomático, para Costa Rica fue una oportunidad de reafirmar sus valores y llamar la atención sobre lo que podía haberse convertido en un gran conflicto. El Consejo de Seguridad, en esta ocasión, dirigió su mirada hacia un conflicto que podría haber pasado desapercibido y solicitó respeto por la soberanía y la dignidad entre sus estados miembros.
No es poco común preguntarse si la ONU debería haber gastado su tiempo apoyando un caso pequeño por encima de los temas candentes de la política internacional. Muchos pensemos que la ONU está lejos de ser un bastión de eficiencia. La Resolución 391, tomada en serio o no por su destinatario, es una cuchara en el gran frasco de la política exterior –al menos una que intentaba modificar las reglas del juego a favor de la paz y la convivencia justa entre naciones pequeñas.
Después de décadas, lo ocurrido revela que, para bien o para mal, la ONU fue capaz de poner un foco en una situación olvidada por la mayoría. Nos recuerda que, aunque el mundo está lleno de grandes conflictos, hay también problemas menores que afectan a estados soberanos, quienes deben ser escuchados y protegidos. Pero, ¿a quién realmente importa una resolución de hace más de cuarenta años? Quizás a todos aquellos que creen que los derechos de los estados deben ser defendidos, sin importar su tamaño.