La Resolución 1916: ¡La ONU Jugando a Dios!

La Resolución 1916: ¡La ONU Jugando a Dios!

La Resolución 1916 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas buscó cambiar la realidad en Somalia como si fuera un cuento de hadas. La ONU, dentro de las paredes de cristal, decidió jugar a ser dios.

Vince Vanguard

Vince Vanguard

¿Puede la ONU resolver los problemas de una nación? La Resolución 1916, adoptada por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas el 19 de marzo de 2010, lo intentó con Somalia. ¿Quién? Las mentes brillantes de Nueva York, lejos de las tierras africanas. ¿Qué? Un ajuste de las sanciones destinadas a lanzarse al rescate económico de un país hundiéndose en el caos. ¿Cuándo? Tempranito, cuando el mundo apenas despertaba al ruido del conflicto constante. ¿Dónde? En un espectacular edificio de cristal que irónicamente simboliza la transparencia que la ONU pregona, pero a menudo olvida. ¿Por qué? Ah, la pregunta del millón, porque les encanta jugar a los salvadores del mundo.

La resolución de marras levantó algunas sanciones para permitir la entrega de ayuda humanitaria y comercial en un país donde las balas hablan más fuerte que las leyes. La ONU pensó que manos llenas de alimentos y medicinas eran una cura efectiva mientras los habitantes de Somalia lidiaban con una interminable guerra entre clanes y la presencia de piratas yihadistas. Decisión fácil hacer clic y enviar un documento al país del cuerno de África, ¿no? Pero ya sabemos cómo piensan aquellos que creen que el papel cambia la realidad sin más.

En primer lugar, los responsables de esta resolución parecen creer que lanzar caridad desde lo alto es suficiente para hacer que las naciones prosperen. Levantan una sanción aquí, aplican otra allá y boom, el milagro acontece. Como si nosotros no supiéramos que los verdaderos cambios vienen desde adentro, con esfuerzo y sacrificio, no con simples decretos desde oficinas lejanas.

Hablemos del costo de este tipo de intervenciones. Simplificar los problemas complejos de Somalia a 'aliviar las sanciones' es como proponer un parche cuando el barco ya está hundido por completo. Los recursos que deben utilizar para implementar tales esfuerzos podrían aprovecharse mejor abordando las raíces del conflicto. Ah, claro, pero hablar de eso no es elegante, ¿verdad?

Por otro lado, todo este rollo humanitario no parece más que una buena foto para los boletines informativos. Mientras algunos tiemblan de emoción con las palabras ‘ayuda humanitaria’, los que están sobre el terreno en Somalia saben que el alivio es temporal. La miseria sigue porque el conflicto está arteramente incrustado en la estructura misma del país. Es más fácil desafiar la lógica del clima que los juegos de poder que allá se juegan.

Hay quienes critican el bloqueo de sanciones originario porque afecta la economía local, sin mirar la realidad: esas sanciones muchas veces son el último recurso para presionar a los gobiernos problemáticos para cambiar. Empujar suavemente a Somalia a través de la dadivosidad de la resolución no era una solución permanente, por la sencilla razón de que el país no estaba preparado para lidiar pacíficamente con la nueva libertad económica. Algo así como darle fuego a un pirómano y esperar que no prenda la ciudad.

A pesar de todo esto, la ONU sigue confiando en su estrategia de repartir sanciones como si fueran caramelos de un pediatra a un niño. Aquellos a favor de la diplomacia fuerte en lugar de la intervención blanda saben que los problemas no tienen soluciones tan sencillas. En cambio, los que viven en la utopía política creen que los papeles importan más que las acciones.

No estamos aquí para jugar al 'Gran Hermano' del mundo, y la Resolución 1916 lo ejemplifica. La ONU un día decide qué países necesitan ajuste, como si fueran meros peones en su tablero político mundial. Las naciones deben recordar que a veces jugar un juego propio, difícil pero necesario, es la única manera de ganar. Lamentablemente, la soberanía de Somalia parecía una buena oportunidad para que algunos en la ONU probaran sus ideas en una nación ya debilitada y cansada.

Al final del día, forzar una solución externa solo sugiere una falta de confianza en la capacidad de los pueblos para encontrar su propio camino. Gestionar la ayuda internacional tiene sentido cuando está bien pensada y ejecutada, y no simplemente como un ejercicio de relaciones públicas. Resolver problemas verdaderos requiere enfrentarse cara a cara con las duras verdades sobre el conflicto y el poder, algo que la Resolución 1916 no logró sin importar la buena voluntad con la que se haya pretendido.