Cuando las Naciones Unidas deciden poner orden en el avispero del Medio Oriente, más vale abrocharse el cinturón. La Resolución 1701, adoptada en agosto de 2006, se convirtió en el salvavidas que las Naciones Unidas lanzaron para detener el conflicto entre Israel y Hezbollah en el sur del Líbano. Fue un intento, digamos, que terminó siendo más acertado en papel que en práctica, como suele pasar con muchos esfuerzos internacionales bien intencionados.
La ONU puso su sello en esta resolución con una celeridad que sorprendió, ¡vaya, que las explosiones y las tensiones escalaban más rápido que un vídeo de gatos en YouTube! La resolución exigía un cese al fuego inmediato y una retirada de las fuerzas de Israel del Líbano, al tiempo que expandía el mandato de las fuerzas de la UNIFIL, que, bueno, al menos en el papel, estarían a cargo de vigilar que haya paz.
Pero aquí viene la parte divertida: la Resolución 1701 intentaba cubrir mucho, abarcando desde el desarme de grupos armados hasta el embargo de armas para Hezbollah, prácticamente queriendo drenar el pantano de tensiones que asolan la región. Pero como no nos sorprende a algunos, las implementaciones pueden ser tan firmes y resistentes como una galleta en un café caliente.
Para empezar, la retirada de armas y personal es un tema delicado. La resolución instó a Hezbollah a entregar su arsenal, pero como todos sabemos, desde nuestro sofá, pedirle al gato que no haga travesuras es una tarea titánica. Los compromisos para desarmar uno de los actores no estatales más poderosos de la región son ideales, pero no necesariamente realistas.
Y luego, tenemos la parte del control del tráfico de armas. El embargo requería que ningún país suministrara armas a grupos que no fueran el ejército libanés, pero claro, las fronteras de la región son tan seguras como un colador. Aquí, uno podría señalar cómo el reforzamiento militar a través de canales clandestinos no se detuvo. Es como construir una casa fuerte dejando la puerta trasera abierta.
Expandamos la lente a las tropas de la UNIFIL. La resolución las triplicó en número, y a nivel nominal, esto parecía el comienzo de un periodo dorado de paz. Sin embargo, con limitaciones logística y reglas de enfrentamiento que fruncirían el ceño hasta al más pacífico monje tibetano, la fuerza se encontró cojeando en la frontera sin poder estrujar la resistencia de los combatientes élites de Hezbollah.
Lo notable es cómo la resolución ha logrado mantenerse como un recurso diplomático esencial, pero más bien como una de esas viejas recetas de la abuela: tu sabes, la que siempre intentas pero jamás logras hacerlo como ella. Si las acciones hablasen tan alto como las palabras, seguramente veríamos un sur del Líbano absolutamente pacífico a estas alturas del partido, después de todo.
Además, la resolución intentó abordar temas en los que bien podría competir con uno de esos concursos de resistencia extremos. Desde el intento de trazar una línea entre amigos y enemigos hasta recordar al sur del Líbano que debía regresar al abrazo del ejército libanés. Algo así como querer que un balón de fútbol regrese a su línea de meta por sí solo tras un gol.
No podemos dejar de lado el intento de mantener al Ministro del Exterior francés y a otros dignatarios, en la práctica, buscando continuamente alterar alianzas entre Israel y el Líbano. La resolución, por algún milagro, trajo consigo el reconocimiento de que las hostilidades tenían que cesar, aunque como buenos humanos, la memoria es a menudo corta, y las animosidades no mueren con el simple chasquido de los dedos que la ONU esperaba.
Por si todo esto fuera poco, la Resolución 1701 se enfrenta a múltiples desafíos internos y externos. Mientras algunos actores regionales muestran alguna señal vaga de seguir las instrucciones de un club de debate escolar, los conflictos más profundos, los que pulsan bajo la superficie, siguen siendo problemas complejos sin soluciones claras.
En el escenario global, las Naciones Unidas buscan su relevancia en medio de un mundo que, ahora más que nunca, necesita instituciones fuertes. Sin embargo, cuando se carga con el peso del orbe sobre los hombros, no es raro que las soluciones políticas queden en la mesa del baúl de los recuerdos. Luego nos preguntamos por qué el mundo sigue viendo a algunas zonas de conflicto como piezas eternas del juego del riesgo.
La Resolución 1701 es una oda a las buenas intenciones empañadas por los desafíos del mundo real. Representa el esfuerzo de las naciones de buena voluntad por ser parte del cambio que desean. Y quizás, sí, sólo quizás, si las tensiones añejas se abordaran con más estruendos de paz que pólvora, tendría su lugar como una de esas historias con final feliz de un anhelo mundial...
Quizás los altos mandos deberían haber pedido también una buena taza de conciencia histórica en aquella mesa de negociones. Pero claro, con la señalada lentitud que a veces caracteriza estas resoluciones, incluso Mario Bros llegó más rápido al rescate de la princesa que la ONU resuelve algunos de estos conflictos.