En un movimiento para salvar la cara y apuntalar su cuestionable influencia global, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, compuesto por los eternos campeones del orden mundial según su propia opinión, decidió sacar la Resolución 1401 de su bolso mágico el 28 de marzo de 2002. Esta resolución, un fantástico ejercicio de diplomacia de sillón, fue adoptada en la sede de la ONU en Nueva York, con el noble propósito de reformular las misiones en Afganistán. ¿El objetivo? Establecer la Misión de Asistencia de las Naciones Unidas en Afganistán (UNAMA) bajo el pretexto de ayudar al país a levantarse de los escombros que otros poderes, casualmente presentes en la votación, contribuyeron a crear.
El Consejo de Seguridad, compuesto por 15 miembros, incluyendo cinco poderes vetantes: Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido, se reunió para decidir sobre el destino de Afganistán, un país que ni siquiera participó en la charada. Aclamada como una resolución salvadora, la 1401 fue la plataforma ideal para que esos sabios burócratas disfrutaran el espectáculo de emitir directivas desde sus seguros y confortables asientos. La resolución otorgó a UNAMA un mandato inicial de solo 12 meses. Claro, porque reconstruir un país después de décadas de conflicto es apenas un proyecto a corto plazo.
A lo largo de los años, el mandato de la UNAMA se ha renovado de manera casi automática. La eterna supervisión es, por supuesto, necesaria porque, después de todo, la tarea de "observar y reportar" parece ser una responsabilidad que los burócratas internacionales encuentran enormemente emocionante. No obstante, los crecientes desastres y la continua inestabilidad muestran que resolver los problemas del mundo no es tan sencillo como sentarse en grandes conferencias y aprobar resoluciones.
Mientras los gobernantes del Consejo de Seguridad se centraban en sus intrigas políticas, intentaron "garantizar la seguridad y el establecimiento de un estado de derecho" en Afganistán. Sin embargo, sus decisiones a menudo provocaron conflictos internos. Este simple detalle parece haberse reflejado poco en las políticas, pero al menos pueden señalar la implementación de la resolución 1401 como prueba de acción. A fin de cuentas, la resolución, aclamada como un gran logro, fue poco más que un impulso simbólico revestido de lo que parecía un esfuerzo tangible.
A ningún observador honesto le sorprenderá mucho que un país devastado por décadas de intrusiones extranjeras no saludable de la noche a la mañana. Sin embargo, con la resolución 1401, los jugadores poderosos intentaron asentar su presencia en el tablero de ajedrez geopolítico llamado Afganistán. La resolución delegaba la responsabilidad de crear un puente de comunicación entre las autoridades afganas y la comunidad internacional. Por supuesto, esto solo confirma la incapacidad de las autoridades afganas para implementar de forma independiente un cambio significativo en su propio país según el Consejo de Seguridad.
Ciertamente, apuesto a que los defensores aplaudieron el compromiso de la ONU de implementar los derechos humanos y las reformas de género, pero lo que queda tras el humo de las palabras es un legado de ineficacia. Al final, lo más destacable de la resolución 1401 es su evocación simbólica. La política de intervención no solo arrojó confusión, sino que dejó a Afganistán atorado en ciclos interminables de dependencia y vulnerabilidad.
Es exquisitamente irónico que después de más de dos décadas, muchos admitan que Afganistán no ha alcanzado la visión de estabilidad y paz planteada por esta resolución. ¿Quién lo hubiera pensado? Es en estos puntos donde uno podría imaginar a los liberales encantados, proclamando el bien sagrado de las intervenciones internacionales para traer democracia y progreso. La realidad, sin embargo, es que Afganistán sigue siendo una pieza de juego en un tablero internacional extremadamente complejo y cargado de intereses motivados externamente.
Así, la Resolución 1401 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas se queda como un símbolo de las tentativas de curar heridas profundas con curitas diplomáticas, una resolución que se enaltece en grandes discursos pero que en la práctica se desliza hacia el abismo de la ineficacia. A pesar de todas sus pretensiones, sigue siendo un cuento de acción más que de resultados.