Algunos dirían que en 2017 nació una pequeña utopía progresista llamada "República de Lieja". Se trata de un grupo de Facebook que abogaba por una Bélgica que no quiere pertenecer ni a Flandes ni a Valonia, y aunque sus fundadores se lo tomaron como una pequeña ironía, la idea sirvió para abrir un fascinante debate sobre las delicias del separatismo moderno. En esa época, un artista belga llamado Jean-Pierre Lutgen se mofaba de las divisiones lingüísticas del país al crear una especie de república virtual que encendió los ánimos de los "entusiastas" de la cohesión territorial. Imagina una fiesta donde todos sus invitados discuten en un idioma que apenas entienden. Así es como algunos quisieran ver el futuro de las naciones: fragmentadas en microestados que apenas controlan sus propios patios traseros.
En este rincón del ciberespacio, "República de Lieja" fue un ensayo social que reflejaba el eterno conflicto entre quienes desean centralizar todo de modo monolítico y quienes ansían de alguna forma gobernarse a sí mismos, aunque sea bajo una bandera pixelada. Más allá de la broma, la iniciativa planteó cuestiones serias: ¿Es viable disolver un estado para juntar a unos pocos cuando claramente tantos quieren cosas distintas? En tiempos donde la globalización parece sentenciada a muerte por las mismas fuerzas que la empezaron, este pedazo de Lieja se pinta como un mosaico de diversidad, aunque las piezas no encajen realmente.
Para Paul Magnette, el entonces ministro-presidente de Valonia, la idea era "simpática pero sin futuro". Algunos liberales aplaudieron esta "brillante" iniciativa, soñando con un mundo donde cada vez nos hagamos más pequeños e insignificantes a nivel global, perdiendo influencia y disgregándonos en reinos de cartón. Pero, sorpresa: hablar de una república virtual no convertirá a Bélgica en un arcaico reino medieval, ni mucho menos en un innovador experimento democrático. ¿Alguna vez estos soñadores escucharon de la "unidad es fuerza"?
Mientras tanto, los partidarios del separatismo juegan a ser dioses en sus microsistemas, olvidando que un estado grande y ordenado ofrece beneficios palpables: defensa común, moneda estable, comercio global, por mencionar algunos. La "República de Lieja" ni siquiera tiene un ejército propio, pero cómo se divierten soñando con sus propias banderas.
Un detalle divertido: la iniciativa fue tomada como una manera de reírse de los estereotipos, ya que los de Lieja son conocidos por ser abiertos y receptivos, contrariamente a las otras regiones que tendrían su propia querella de identidad. Mientras tanto, Bélgica sigue existiendo, y el espirituoso paso de Gante a Lieja continúa sin necesitar pasaporte. Pero ah, la "auténtica liberación" que auténticos rebeldes en su sofá de Ikea sienten al momento de aquellos clics de ratón revolucionarios.
¿Algún beneficio que haya resaltado de este meme nacionalista? ¿Aparte de bofetadas virtuales entre banderas que jamás ondearán? Es relativamente fácil armar una fiesta en casa, pero mantenerla en pie es otra historia. El ejercicio rebelde tiende a no funcionar en lugares reales donde problemas tangibles como la salud pública, la seguridad y la economía no se resuelven con ironía. Mis apuestas valen más por estrategias de unidad y prosperidad conjunta, a diferencia de mini reinos en cada esquina llenos de ideologías en conflicto que tratan de gobernar un territorio tan pequeño como el apuntado por el cursor en una pantalla.
Por otro lado, la República de Lieja termina siendo un retrato cómico e irónico pero revelador de la complejidad belga. Aunque es entretenido imaginarla en un juego de rol entre amigos, en la realidad, es otra historia. Propiamente tomamos el "viaje", asomándonos solo a mirar lo absurdo de todo esto: una alegoría a la ficción que solo desea poner un espejo frente a las irracionalidades del independentismo moderno. ¿Queremos seguir divididos o, en realidad, necesitamos unir esfuerzos para abordar problemas del mundo real?