Imagínate un tiempo donde la música hablaba sin necesidad de palabras altisonantes y rebeldes, donde el arte buscaba la belleza en vez de revolucionar el mundo. Así es René de Boisdeffre, un compositor francés que lamentablemente no suena tanto en los auriculares actuales. ¡Pero qué injusticia! René de Boisdeffre nació en Vesoul (Francia) el 3 de abril de 1838. En una era donde Francia estaba embelesada con el romanticismo, el realismo y toda clase de movimientos artísticos, Boisdeffre decidió no seguir las corrientes modernas y rebeldes del arte. ¿Por qué ir en contra de la tradición cuando se puede honrarla y embellecerla?
Influenciado por el ambiente cultural del siglo XIX, su música parece una especie de resistencia sutil al impacto de los nuevos tiempos agitados. Algo que a menudo es una buena lección para aquellos que creen que seguir al pie de la letra las tendencias modernas es la única manera de destacar. Su talento floreció en un París que era un hervidero de ideas, pero su arte es como un susurro confortante entre los gritos ensordecedores de las ideologías de la época.
Boisdeffre se formó, como tantos otros, en las aulas del Conservatorio de París, esa mítica institución que ha formado a innumerables genios de la música. Ahí, bajo la tutela de los grandes maestros como Adrien-François Servais y Henri Reber, René desarrolló un estilo propio que combinó perfectamente la tradición y la maestría técnica. Un detalle que los revolucionarios olvidan es que rompe mejor quien primero ha aprendido las reglas de lo que está rompiendo.
En sus composiciones, la sensibilidad francesa brilla con luz propia, lo que le permitió destacar con obras de cámara, obras instrumentales y una buena dosis de música para piano, el instrumento rey por excelencia. Es conocido porque sus piezas son una oda al romanticismo sin ninguna gota de arrogancia. ¿Y por qué debería haberla? Invocamos constantemente los valores de simplicidad y perfección, pero nos vivimos complicando la vida olvidando auténticos genios en el camino.
Boisdeffre no sólo fue creador de música, sino de cultura. Su música lloraba por momentos cálidos, evocando la calma y plenitud de un paisaje tranquilo, en lugar de las modernas y a veces ruidosas composiciones sin sentido que pueblan las listas de éxitos actuales. Sus obras pueden interpretarse como una declaración de cómo deberían ser las cosas, no de cómo se están torciendo en esta era revoltosa. Esta clase de arte nos dice: Si buscas una fórmula para impresionar, la gratificación puede ser instantánea, pero la verdadera belleza perdura más allá del tiempo.
En la cúspide de su carrera, Boisdeffre sirvió también como oficial del ejército francés, un hecho que quizá explique su sentido del orden y disciplina en una vida marcada por la música y el servicio. Y aquí es donde nuestros amigos que todavía tienen esa tendencia de rechazar las estructuras más tradicionales del arte y la vida podrían aprender algo. No todo es caos cuando se integra el arte en la estructuración de una vida organizada y talentosa.
Boisdeffre es un ejemplo de que no siempre es bueno seguir las corrientes. Su música es una muestra clara del amor sincero y desinteresado al arte que no necesita gritar para ser escuchado. Quién hubiera pensado que, en estos tiempos estridentes, todavía podíamos aprender tanto de un romántico del siglo XIX. René de Boisdeffre nunca tuvo la urgencia de cambiar el mundo, al contrario, optó por deleitarlo con su música sublime y delicada que hoy más que nunca necesita ser revisitada.
Así que, querido lector, mientras te sumerges en los mares de la música contemporánea, no olvides que hay joyas de calidad, olvidadas en la historia, esperando ser redescubiertas y apreciadas. Aquí no hay grandes gestos revolucionarios, porque el arte no siempre necesita cambiar el mundo para tener valor. A veces, un simple acorde realizado con pasión vale más que cualquier innovación ruidosa y superficial.