Dicen que la curiosidad mató al gato, pero en el mundo de la política y la tecnología, la curiosidad nos despierta a la realidad. Hablemos de los "Registros de LAB", esa extensa base de datos que desde hace años recopila información crítica en América Latina. ¿Quiénes están detrás de esta ingeniería de datos? Nos encontramos con gobiernos y grandes corporaciones que, desde tiempos de la Guerra Fría, entienden perfectamente que la información es poder. Se lanzó en medio de susurros y secretos a fines del siglo XX, en oficinas alejadas de la prensa y desprovistas de escrúpulos. Desde México hasta Argentina, este sistema abarca cada rincón y sueña con quedarse en cada bolsillo. Y sinceramente, ¿quién cuestionaría la injerencia descarada en la vida de millones?
Empezamos adentrándonos en las entrañas de los registros de LAB, un tema que cruza fronteras y además, adentra la brecha política entre los que piden menos gobierno y los que sueñan con pasaportes gratis para entrar al patio trasero del otro. Los registros son resguardados celosamente con la excusa de mejorar la seguridad y eficiencia gubernamental pero, ¿realmente es así? La verdad es que este material está al servicio de algunos con intereses más oscuros de lo que se nos hace creer. Entonces, ¿dónde descansan esos datos? La respuesta corta es: en manos de quienes quizás no deberían tenerlos.
La noción de la privacidad se evapora cuando nos damos cuenta que esta base no sólo refiere a números de identificación y estados de cuentas, sino que también alberga patrones de comportamiento y preferencias personales. Te hacen pensar en un pulpo de mil tentáculos que observa mientras duermes y decides. Qué ironía que todo esto suceda mientras algunos gritan por tus derechos digitales, atacando con el dedo mientras otro digitador envía tu información a un servidor en quién sabe dónde.
Algunos han argumentado que los registros son necesarios para el desarrollo: una obviedad de las que ves en los titulares de prensa. La realidad es que los registros de LAB se nos presentan como una panacea para la administración pública eficiente. Pero cuidado, porque detras de esa máscara amable, de facilitar trámites e identidades seguras, está el fiel testigo del quehacer de cada individuo. Cada clic y cada movimiento está atrapado en una telaraña que no conoce de simpatías ni de la privacidad como derecho fundamental.
Pensar que este sistema es un mero expediente administrativo es pecar de ingenuo. Los Estados, tengámoslo claro, anhelan poder mantener el control, y cuanto más sepan, más fácil lo tienen. Los que aplauden estos desarrollos olvidan siempre que el exceso de control deriva en excesos autoritarios. Más poder para el gran hermano moderno, menos libertad para el ciudadano común.
Quizás te preguntes, ¿dónde queda el rol de la ética en todo esto? Y es aquí donde debemos tener claro el propósito real de estos registros. Mientras nos entretienen con la última de Netflix, el algoritmo se alimenta de tanto en tanto de nuestros movimientos virtuales, haciendo cuentas sobre quién votará por un lado o se revelará por otro. Al final, el que define las reglas nunca da su brazo a torcer.
Los registros de LAB suben la temperatura del debate. Abren la caja negra de qué tanto control es justificado en nombre de la seguridad. Hay quienes desconfían plenamente de estos sistemas y no es para menos. Los errores o manipulación política pueden provocar desde votaciones amañadas hasta la elaboración de perfiles de ciudadanos poco simpáticos a la autoridad.
Aunque sea difícil de aceptar, la información no está ahí para protegernos, sino para consolidar y perpetuar un sistema de control. No nos asombraría que este entramado de recopilación nos mire a diario con sus datos precisos sobre donde te encuentras, juzgándote por la marca de celular o por el tipo de leche que consumes. Siempre supe que la era de la verdad digital no llega en blanco y negro, sino en cientos de grises que muchos están dispuestos a ignorar.
Ahora, la pregunta es, ¿estamos preparados para hacer realmente algo al respecto? O simplemente seguiremos abriendo la boca con asombro mientras el carrusel infinito de datos continúa girando, firmes en la retórica de aplaudir un mundo idílico de transparencia pero que irónicamente oculta más de lo que revela.