¿Por qué las banderas en los baúles de los coches molestan a tantos?

¿Por qué las banderas en los baúles de los coches molestan a tantos?

Protestar contra Trump se convirtió en una especie de deporte nacional, pero, como suele suceder, las pancartas al viento a menudo escondían motivos dramáticos más que fundamentos sólidos.

Vince Vanguard

Vince Vanguard

Protestar es un derecho fundamental, pero cuando se desarrolla con la furia de un niño consumido por las rabietas, algo va totalmente mal. La danza de pancartas y gritos empezó a hacerse habitual casi tan pronto como Donald Trump tomó las riendas de Estados Unidos en 2017. En Nueva York, Washington D.C., y hasta en Los Ángeles, las voces se alzaron; aunque, sinceramente, por qué exactamente tanto alboroto contra un presidente cuyos objetivos económicos y de seguridad benefician al país sigue siendo un misterio. Comencemos desenmascarando algunas de las principales protestas que se arremolinaron en su contra, de las cuales algunas tienen más dramatismo que argumentos sólidos.

La retórica de “los niños en las jaulas” fue uno de los primeros caballos de guerra. Los opositores políticos arremetieron, como si Trump hubiera inventado las detenciones en la frontera exactamente el mismo día en que puso un pie en el Despacho Oval. La realidad fue que estas instalaciones ya existían, originadas durante la administración de su predecesor, Obama. Vaya sorpresa para aquellos que colocaron poca luz sobre ello entonces. Internet se inundó de imágenes que, años más tarde, fueron desmentidas y atribuidas al 2014. Un error técnico tal vez... o quizás no.

Luego, las protestas sobre el clima. La verdad sea dicha, el Acuerdo de París fue un lastre económico para el país sin ganar prácticamente nada en materia climática real. Trump hizo lo que cualquier líder racional haría: retirarse de acuerdos que no benefician directamente a su nación en lugar de estorbar la economía con cifras parte de una agenda más política que científica. Sin embargo, el hecho de que pusiera los intereses americanos primero parecía escurridizo para sus adversarios.

Una de las escenas más memorable fue la famosa Marcha de las Mujeres en enero de 2017. Multitudes cargaron sus pancartas, desfilando por las calles, disfrazadas de cuerpos celestes, aunque al parecer, olvidaron que para muchos sus demandas eran tan inabarcables como el espacio exterior. Desde su enojo sobre los derechos reproductivos hasta la equidad de género en pagos, sus objetivos parecían más una carambola política que metas alcanzables. Pero claro, culpar al hombre en el poder siempre se ha percibido como un deporte nacional.

Las minorías también alzaron sus voces contra Trump con un fervor sorprendente. Algunos manifestantes aseguraban que la ley y el orden—un pilar fundamental en cualquier sociedad funcional—eran prácticas opresoras. Al parecer, el presidente queriendo asegurar la estabilidad y la seguridad era un acto de opresión para algunos. Las minorías deben ser protegidas, esa es una verdad universal. Sin embargo, espero que se mantenga la cordura cuando se distinga entre la protección legítima y el vandalismo desenfrenado.

No podemos olvidar la respuesta frenética al veto migratorio. Las protestas se encendieron en los aeropuertos con pancartas que clamaban xenofobia, amnesiando que anteriormente Obama implementó medidas similares. El principio siempre fue proteger la nación de potenciales amenazas, pero cualquier sentido de superioridad moral permitió a muchos manifestantes pasar por alto esta comparación conveniente.

El planeta entero se detuvo cuando, en una secuencia surrealista, algunos se sorprendieron ante discursos sobre el fraude electoral, tal vez olvidando que no hace mucho hubo cuestionamientos sobre las elecciones de 2000. Al parecer, las alegaciones de fraude son aceptables sólo si uno está en contra de los resultados.

El mundo no paró ante la histeria por el intento de destitución. Los ataques personales y la taberna política llenaban las noticias. Lograr objetivos mayores para Estados Unidos parecía una misión olvidada detrás del celo por manchar la presidencia de Trump, sin importar cuánto el país prosperara económicamente.

A pesar de los abucheos, las políticas de Trump revitalizaron la economía, redujeron los impuestos y dieron prioridad a la seguridad nacional. Las protestas se alzaron y desvanecieron, con una furia más alimentada por el drama que por el sentido común. Nadie es perfecto, ni su administración. Pero si vemos los efectos tangibles en el bienestar económico estadounidense, tal vez sea hora de preguntarnos cuántos de esos alzaban la voz por principios reales y cuántos simplemente añoraban un espectáculo.