Las calles de Hong Kong estaban en llamas, literal y figurativamente, el 25 de agosto de 2019. Miles de manifestantes inundaron la ciudad en una supuesta lucha por la democracia. ¿El lugar? Hong Kong, una región administrativa especial de China. ¿El cuándo? Un domingo cualquiera del caluroso agosto. El propósito autoproclamado de estas acciones era oponerse a un polémico proyecto de ley de extradición. Pero, ¿quién estaba realmente detrás de esta revuelta? ¿Eran simples ciudadanos luchando por sus derechos o un complejo complot internacional destinado a desestabilizar la región?
Uno se pregunta qué tipo de libertad buscan estos manifestantes cuando desfiguran su propia ciudad con grafitis, destruyen propiedad pública y bloquean sistemas de transporte. Es el colmo de la ironía: pelean por una forma de democracia donde lo democrático es solo su derecho a protestar. Aquí tenemos una paradoja que solo los acérrimos defensores del desorden pueden explicarnos.
Veamos, ¿desde cuándo una ciudad financiera como Hong Kong se convierte en tierra de nadie durante meses? Parece que la función principal de las protestas es destruir para luego jugar a las víctimas y pedir lo que, dicen, son derechos. O al menos así lo desean vender quienes tienen intereses ocultos en el asunto.
Los acontecimientos del 25 de agosto comenzaron como una marcha pacífica desde Kwai Chung hasta Tsuen Wan, pero rápidamente degeneraron en algo mucho más caótico. Eso suena sorprendente, ¿verdad? Porque parece que para esos luchadores de la "libertad", la paz es un terreno resbaladizo. Las mismas figuras que marchan con banderas y pancartas que gritan libertad son las que encienden barricadas y prenden fuego a las calles. Mientras en Occidente muchos interpretan esto como un heroísmo moderno, nos cuestionamos por qué nadie menciona el problema de fondo: un desencuentro amargo con la autoridad legítima.
Algunos argumentan que es una resistencia contra el autoritarismo chino, pero la realidad es que estos "rebeldes" no son más que peones en un juego mucho más grande. Muchos coinciden en que tales movimientos encajan perfectamente en la agenda de quienes buscan una China debilitada. Escurriéndonos en teorías de conspiración, estos eventos no benefician a nadie tanto como a aquellos que no quieren una China fuerte. El caos, la desobediencia y el desprecio por las leyes son las mejores herramientas para lograrlo.
Mientras que las cámaras del mundo se enfocaron en los agitadores, la policía fue demonizada por intentar restaurar el orden. Armados con gas lacrimógeno y balas de goma, los agentes del orden enfrentaron a una multitud creciente que exigía lo imposible a través de métodos irresponsables. Esto plantea preguntas incómodas sobre las verdaderas intenciones de los manifestantes. Sin embargo, cualquier medida tomada por la policía para proteger al ciudadano promedio es vista como opresión, un truco conveniente para quien ama sumirse en la anarquía.
Lo irónico es que estamos en un punto donde la culpa siempre recae sobre aquellos que trabajan por la ley y el orden. La narrativa se ha convertido en un favor hacia aquellos que, mientras demandan nuevos derechos, pisotean los ya establecidos. Es curioso cómo se juega al doble estándar aquí, algo que cualquier mente razonable debería cuestionar seriamente.
Así que, en resumen, las protestas del 25 de agosto de 2019 en Hong Kong son recordatorios de que el caos es rentable para algunos y deletéreo para otros. Dejemos que China haga frente a sus desafíos internos sin la constante distracción de quienes quisieran ver al mundo arder solo por el placer de gritar "¡lo logramos!" en medio de las llamas.