¿Por qué una película independiente española, lanzada en 2007 y apenas conocida más allá del circuito de festivales, resulta ser un campo de minas para los sensibles críticos de la cultura woke? 'Primogénito', dirigida por Miguel Pons, aterrizó en el panorama cinematográfico en aquel entonces con una fuerza que pocos esperaban, especialmente teniendo en cuenta su origen y su reparto, para tratar temas que hacen a los progresistas estremecerse.
La historia se centra en un padre de familia, Juan, que se enfrenta a una serie de acontecimientos paranormales que desafían su entendimiento y su fe. Este drama familiar, convertido en una especie de thriller psicológico, se sitúa en una España que lucha por encontrarse entre las tradiciones familiares y la modernidad galopante que la sociedad parece imponer. Paradojas, dogmas religiosos, y un incisivo examen de la familia tradicional son algunos de los puntos clave de esta trama.
'Primogénito' no solo es una película, sino una declaración feroz sobre cómo los valores familiares son vilipendiados y vistos como 'anticuados' simplemente porque no se alinean con las creencias posmodernas. Aquí viene el primer golpe. No se necesita un experto para darse cuenta de que estos temas no son los favoritos de los progresistas. En una época donde todo lo tradicional parece ser un blanco fácil para las críticas, esta película se atreve a presentar un discurso alternativo.
Además, el carácter de Juan es vivido de una forma cruda y real por el actor Luis Bermejo, quien lleva al personaje a enfrentar sus propios demonios internos y externos. Algunos argumentan que es una representación de la figura paterna bajo ataque. Una afirmación que muchos ni siquiera se atreven a reconocer, pero ahí está. Hay un deseo continuo en la narrativa de destacar el papel del hombre como protector, como líder, conceptos que, para desgracia de algunos, no están precisamente en el pedestal de lo 'correctamente' moderno.
El simbolismo abunda, y no es de carácter sutil. El guion, coescrito por Juan Cebrián, navega por esos peligrosos terrenos de hacer que los espectadores confronten la realidad en lugar de sumergirse en la marea de la cultura del momento. Por ello, se ha criticado a 'Primogénito' como doctrinaria, como si el presentar un argumento sólido a favor de las tradiciones fuera una afrenta. A los liberales se les agotan las excusas cuando deben enfrentar una narrativa que cuestiona su constante urgencia de cambio y aceptación sin límites.
El trasfondo religioso es otro de los pilares fuertes de esta película. A lo largo del filme, hay referencias constantes no solo al pecado y la redención, sino al sacrificio personal por el bien mayor; ideas antiguas, tal vez, pero no obsoletas. Mientras que muchos prefieren el relativismo moral, 'Primogénito' invita a reconocer que los valores y principios firmes aún tienen un lugar en el mundo moderno.
Desde su escenografía hasta los intensos y poderosos diálogos, la película no cede espacio para el recelo o las medias tintas. La crítica fue tajante con 'Primogénito', y los premios no se acumularon precisamente en su vitrina, pero su mensaje permanece: sólo porque algo provoque incomodidad, no significa que deba ser silenciado. Es fácil alzar los puños ante lo que molesta, difícil es enfrentar el hecho de que puede haber verdad en lo que buscamos rechazar.
En definitiva, 'Primogénito' no es solo una obra del cine nacional; es un recordatorio de que ciertos valores son eternos y dignos de exploración, más allá de las modas pasajeras. Miguel Pons nos ofrece una ventana para observar cómo las posiciones tradicionales aún tienen mucho por decir y enseñar en una sociedad que tanto busca un contrapeso.