La Presa de Setoishi es una obra maestra de ingeniería en Japón que sigue desatando debates acalorados desde su construcción en 1965. Ubicada en el Río Kumagawa en la prefectura de Kumamoto, esta presa fue concebida como parte de un ambicioso programa de control de inundaciones y generación de energía hidroeléctrica, un plan que no habría podido realizarse si se hubiera permitido que las emociones de los ambientalistas dictaran las decisiones de infraestructura. Aquellos que la diseñaron comprendieron algo que hoy día a muchos parece escaparles: el progreso requiere decisiones difíciles y sacrificios.
Cerca de 80 metros de altura y con una capacidad de embalse de millones de metros cúbicos de agua, la Presa de Setoishi no es solo una estructura imponente; es un testimonio de lo que la humanidad puede lograr cuando se decide anteponer el bienestar colectivo sobre las sensibilidades individuales. Fue construida durante un tiempo donde el sentido común prevalecía sobre el excesivo sentimentalismo verde que paraliza gran parte de las iniciativas modernas.
Muchos críticos apuntan a la alteración del ecosistema y la pérdida de hábitat que trajo esta construcción, plegándose a la narrativa que todo desarrollo humano es inherentemente dañino. Sin embargo, en lugar de llorar por lo perdido, deberíamos estar agradecidos por lo ganado: generación de energía ecoamigable que provee electricidad a miles de hogares y un control efectivo de las lluvias que antaño devastaban la región con inundaciones constantes.
Es fácil criticar la deforestación cuando se está cómodo escribiendo columnas desde la seguridad de una ciudad iluminada, no cuando se vive al lado de un río que podría crecer velozmente más de lo que cualquier activista preferiría ocuparse. Se habla mucho de sostenibilidad, pero ¿no es sostenible usar la energía natural del agua para suplir nuestras necesidades energéticas, en lugar de quemar combustibles fósiles? Eso debería ser una victoria en términos de conservación, pero por alguna razón, ese no es el enfoque cómodamente adoptado.
La construcción de la Presa de Setoishi también nos recuerda la importancia de pensar más allá del presente. Es tentador, por supuesto, comprarse con calma el eco de un curso de río, pero rara vez pensamos en las implicaciones de nuestros lujos. Los beneficios de la presa van más allá del tránsito de hidroeléctricas: son época moderna con regulación de agua para garantizar provisiones en tiempos de sequía, minimizando así los problemas que la escasez podría causar en la agricultura y otras facetas de la vida local.
Las aguas estancadas aseguran un suministro constante para la vida diaria y económica del área, algo que no se ve como una postura radical pero que sí impone estabilidad económica. Nadie disfruta de una crisis alimentaria o energética, pero las soluciones son más fáciles de digerir cuando no están revestidas de la retórica polarizadora usual y sin fundamento.
¿Es esta obra una afrenta al sentido común? Para algunos, lo será siempre que disturbe sus éticas superficiales. No obstante, la realidad es que la presa es necesaria y, francamente, inevitable. Las críticas dicen ser de aquellos que tienen en mente una prioridad singular: preservar la naturaleza a cualquier costo, aunque dicho costo refuerce desigualdad o añada complicaciones para el desarrollo humano.
El paisaje natural no es no intocable. Se trata de encontrar puntos de equilibrio con las demandas humanas. En el Japón moderno, estas decisiones se hicieron. Sin presiones insaciables de los grupos que militan con una visión de obstrucción, la Presa de Setoishi podría ser estudiada como un ejemplo de gobernanza medioambiental responsable, donde lo social y lo natural cohabitan sin fricción.
Al final, es una cuestión de identidad y de cómo vemos nuestro papel en el mundo. ¿Nos quedaremos con los brazos cruzados mientras miramos desmoronarse lo construido por generaciones pasadas? No, porque aún podemos forzar el cambio y generar progreso bajo una clase de inteligencia que no teme tomar decisiones cuestionables en papel, pero funcionales en vida real.