La "posición de Ámsterdam" quizá suene como una complicada discusión sobre urbanismo o como una nueva postura urbana. Sin embargo, lo que realmente es, es un concepto socialmente provocativo que pone a prueba las ideas modernas sobre el respeto a las normas culturales y el derecho a preservar tradiciones. Es un término que ha estado en boca de todos desde que algunos pensadores tradicionalistas empezaron a utilizarlo para defender lo que identifican como una necesidad de frenar el avance desenfrenado del progresismo. El término surge en Ámsterdam, esa ciudad famosa por su vida liberal y peatonal, y sin embargo considerada a menudo un laboratorio social con "todo se vale". La exigencia es clara: tomar una posición y proteger lo que todavía queda de los valores tradicionales.
Esta postura nació en la década pasada, cuando grupos conservadores empezaron a observar cómo Ámsterdam se convertía en el fiel reflejo de una sociedad que deja la puerta abierta a todas las formas de desintegración familiar bajo la excusa del progreso. En lugar de reafirmar los valores de la estructura familiar, nos encontramos con un constante bombardeo de nuevas ideas que diluyen la esencia familiar, permitiendo la coexistencia de todas las formas y géneros, causando confusión y caos.
Las calles de Ámsterdam, conocidas por muchos por sus canales y bicicletas, son ahora el epicentro de manifestaciones que abogan por causas de toda índole, desde la legalización de drogas blandas hasta el reconocimiento de una variedad cada vez más amplia de identidades de género. La "posición de Ámsterdam" aparece como una respuesta a este fenómeno, con sus defensores afirmando que toda cultura debería tener ciertos límites identificables y que existen puntos no negociables en términos de estándares sociales.
Varios países que empezaron a simpatizar con esta corriente lo han hecho movidos por reportes que vinculan la excesiva libertad de Ámsterdam con un declive en la cohesión social. Y aquí es donde empieza el problema: una sociedad sin cohesión es una sociedad a la deriva. De hecho, datos de diferentes estudios sociológicos muestran que aquellos lugares donde las reglas son más relajadas tienden a tener mayores tasas de criminalidad y menor satisfacción colectiva. Entonces, ¿qué tanto progreso podemos aceptar antes de que todo se desmorone?
El tema adquiere dimensiones complejas cuando se observa quién realmente se beneficiaría de aceptar que la "posición de Ámsterdam" se convierta en una narrativa más amplia. Está claro que los defensores tradicionales buscan mantener la estructura original que dio forma a nuestras sociedades y no en su desmantelamiento en el nombre del futuro. En cambio, la imposición de una cultura permisiva en todo aspecto promueve la división y una lucha interminable por derechos desacompasados a la moral común.
Un ejemplo prominente es el debate sobre la legalización del trabajo sexual, una práctica que en Ámsterdam se acepta abiertamente pero que en otros lugares es vista, como debe ser, con una mezcla de desaprobación moral y ciertas consideraciones humanísticas. Tómese, por ejemplo, los sufrimientos de muchas mujeres que llegan a esta industria no por emancipación sino por necesidad, convirtiéndose en cifras frías en las estadísticas de una ciudad que presume de moderna.
Algunos académicos han señalado que lo que ocurre en Ámsterdam no es más que la punta del iceberg de hacia dónde se dirige Europa si no se reevalúa el rumbo. Si bien el continente se ha beneficiado de una apertura mental a lo largo de los años, traspasar ciertos límites puede acabar desviando a una sociedad entera hacia el abismo. Y éste es un pensamiento que solo cobra más fuerza cuando se mira bajo el microscopio a las naciones que han sucumbido a impulso del liberalismo sin control.
Y mientras Holanda lidera con audacia el cambio cultural, otras naciones observan desde la barrera tomando nota de los efectos. En la medida que más ciudades decidan adoptar esta postura, oponiéndose al seudoreformismo ideológico parecido al modelo de Ámsterdam, se enfrentan a una reacción que podría cambiar completamente el curso de sus sociedades actuales.
Lo que la "posición de Ámsterdam" demanda es sostener un balance antes de que las repercusiones se vuelvan irreversibles. A medida que la idea se extiende, muchos buscan redefinir lo que realmente significa ser una sociedad progresista. No basta con adoptar superficialmente un modelo porque está en tendencia; se trata de proteger lo que realmente nos define a sabiendas de que la verdadera sabiduría está en no perder el rumbo entre tanta proclamación progresista.