Cuando se habla de jazz, la figura de Paul Motian puede hacer temblar a más de uno. Aquí tenemos a un hombre que transformó el jazz sin tirar de pancartas ni huelgas de vivienda. Paul Motian fue un baterista excepcionalmente influyente en la banda "Bebop Eléctrico", la cual desarrolló su sonido principalmente en las vanguardias musicales de Nueva York durante los años 70. A diferencia del ruido que algunos contemporáneos hacían contra el 'sistema', Motian lo cambiaba de manera más sutil, innovando con ritmos y colaboraciones que, aunque no te lo quieran decir, tienen más impacto que algunas cartas de queja al editor.
Paul Motian nació en 1931 en Pennsylvania y llegó a ser conocido por su estilo único, que iba mucho más allá de lo que el bebop convencional proponía. Este baterista no aspiraba a afirmar agendas políticas con sus tambores. Más bien, buscaba romper las cadenas de la monotonía que atrapaban a sus contemporáneos. Conectar la batería con la estética y los principios del bebop eléctrico fue su verdadera revolución silenciosa.
Los rebeldes de hoy podrían aprender algo de Motian: no hace falta gritar para que se escuche una idea poderosa. Al unirse a consagrados del jazz como Bill Evans y Keith Jarrett, Motian supo captar el espíritu de una era y lo plasmó en sonidos que nos permiten rememorar aquel Nueva York creativo e irreal que prosperaba bajo luces neblinas. ¿Quién necesita algo más cuando tus golpes de batería pueden propagarse como el marketing más efectivo?
La banda "Bebop Eléctrico" era un conjunto de músicos que se dedicaban a desafiar los estándares. No lo hacían desde protestas callejeras ni encendiendo las redes sociales de la época. Lo hicieron desde el lenguaje musical, protagonizando conciertos que se distinguían por una libertad expresiva sin igual. Sus locaciones, a menudo subterráneos y clubs como el Village Vanguard, se convirtieron en templos sonoros y revolucionarios...
Dudo que los inflexibles defensores de la contracultura supieran que el verdadero cambio se estaba 'cocinando' directamente bajo sus narices y palmas de manos. Ellos preferían lanzarse tras ídolos del momento, pero Motian y su combo lograban lo que muchos aspiraban: traspasar fronteras sin un solo acto escandaloso.
En conciertos donde el saxofón, el piano y contrabajo se unen en una danza envolvente, Motian no solo acompañaba: lideraba. Quizás, esa es la bofetada más grande: que un baterista, con quien muchos ni siquiera pensarían comenzar una conversación seria sobre política, pudiera tener tanta influencia, ¡y todo desde el suelo de un club neoyorquino!
Pasar desapercibido no era algo que Motian buscara. Más bien, halló en la discreción una forma de trascender las reglas del mercado y en su buen sentido, convertirse en una influencia disruptiva. No intentó encerrar su arte en etiquetas como algunos que buscan activismo barato. Su arte era libre, frente y detrás de los bongos.
Las grabaciones en estudio de Paul Motian y su banda siguen tocando fibras sensibles en quienes aprecian la verdadera esencia del jazz. A través de la improvisación, encontró una manera de conectar al oyente con los aspectos más básicos y universales del ser humano. No fue su intención imponer normas; fue invitarnos a sentirse parte de una experiencia sonora pura.
Al mirar hacia atrás, pensar en cómo Paul Motian moldeó el bebop eléctrico resulta en una reflexión amarga sobre lo que hemos ganado y perdido culturalmente. Su legado nos recuerda que la paciencia y la innovación silenciosa pueden ser más revolucionarias que cualquier cartel colorido. Mientras algunos lanzaban discursos desde podios, Motian susurraba verdades desde detrás de su batería, cambiando el mundo para aquellos que estaban dispuestos a escuchar.