¿Quién hubiera pensado que una simple simulación de polígonos podría ser la herramienta ideal de ciertos ideólogos? La "Parábola de los Polígonos" es una interacción en línea que se presentó inicialmente en 2014. Creada por Vi Hart y Nicky Case, es un experimento que anima polígonos simples a moverse dentro de un tablero, todo en nombre de entender la segregación social y, por qué no, la justicia social como un todo. De alguna manera, esta actividad gráfica supuestamente demuestra cómo incluso el menor sesgo personal puede llevar a la completa segregación de grupos.
Primero, hay que señalar que esto es una simplificación ridícula de la realidad. Tomar simples figuras geométricas para mostrar el comportamiento humano es como decir que un dibujo de un tren de juguete puede explicar toda la ingeniería ferroviaria. La parábola adopta el principio de que los polígonos —que se mueven al no estar felices en un ambiente donde no hay suficientes polígonos como ellos— son un paralelismo de cómo las personas manejan el concepto de diversidad. Es un ejemplo clásico de cómo los intentos de simplificación para aclarar problemas complejos se quedan muy cortos.
De entrada, la "Parábola de los Polígonos" pierde su credibilidad al traer a las configuraciones de preferencias personales a la misma categoría que características culturales, históricas y socioeconómicas. No se ve por ningún lado una reflexión sobre que las comunidades no se construyen sólo por aquí y allá. Hay factores profundos que forman comunidades, pero ignorar esto es más fácil cuando uno se deshace de lo que no se adapta a esa cómoda narrativa.
El discurso "científico" de la simulación se basa en el viejo truco de señalar problemas amplios sin aportar soluciones verosímiles. Las críticas al status quo son válidas en muchos escenarios, pero unir complejidades reales a polígonos simplistas es, como mínimo, mezquino. Aquí hay un problema tanto ético como lógico. Al reducir la conversación sobre diferencias sociales y económicas a un juego de "polígonos felices", quienes creen en esta parábola pretenden resumir miles de años de interacciones humanas y tradiciones culturales en unos movimientos arbitrarios de figuras.
Más problemático aún es el uso de este ejemplo simplón para avivar fuegos en nombre de ideales igualitarios, sin considerar las múltiples razones detrás de la movilidad humana y la residencia. Las políticas habitacionales, económicas y de transporte tienen un profundo efecto en cómo se configuran nuestras ciudades y comunidades. Pero estos temas no se resuelven con dibujos animados y seguramente no bajo la suposición de que todos tendrían los mismos intereses si no fuera por esos "detallitos" de prejuicio personal.
Los entusiastas de este modelo probablemente argumenten que el objetivo no es ofrecer respuestas definitivas, sino iniciar conversaciones. Pero si esa conversación se inicia con suposiciones erróneas, no es de extrañar que termine en la dirección equivocada. Hay quienes quieren creer que algo tan simple como cambiar nuestros "gustos" puede prevenir la disparidad, desdeñando variables externas importantes como las políticas gubernamentales cambiantes y los mercados laborales en evolución. Esto es un romanticismo filosófico sin base en la realidad económica o política real.
El mundo real no es un tablero de juego, y quienes se niegan a aceptar eso parecen pensar que con una pizca de buena voluntad, y tal vez unos cuantos videos explicativos animados, todo puede ser corregido. Este tipo de pensamiento simplifica demasiado los problemas de la vida real, permitiendo que algunos colectivos se laven las manos mientras señalan a otros por no participar en "simulaciones constructivas" como estas.
Este tipo de pseudo-experimentos levanta preguntas sobre la responsabilidad de los autores en la revolución de los impuestos políticos. La errónea asociación está llamando la atención sobre un tema que realmente debería considerarse con un enfoque más prudente y completo. Se debería exigir más trabajo cuidadoso, y menos idealismo que bote la pelota de las verdaderas soluciones al otro lado de la cerca.
Finalmente, abrazar la "Parábola de los Polígonos" no ilumina el problema: lo oscurece. Cuando se piensa que un simple cambio en el número de vecinos igualmente coloreados resolverá los verdaderos problemas de separación social, se roza el borde de lo absurdo. Pero eso es lo que se permite en un mundo donde la idolatría hacia las soluciones rápidas y la falta de compromiso con los problemas reales parecen ser la norma.