¿A quién no le encanta una buena historia de espionaje y poder absoluto? La Orden Ejecutiva 12036 es una obra maestra firmada por el presidente Jimmy Carter el 24 de enero de 1978 en el caluroso corazón de una era de espionaje en la ciudad emblemática de Washington D.C. Esta orden fue el manual de operaciones para las agencias de inteligencia de Estados Unidos, y su impacto resuena aún hoy, cuando el mundo sigue debatiendo sobre la privacidad y la seguridad nacional. De un plumazo, Carter reescribió las reglas del juego para la CIA, el FBI y la NSA, dictando cómo debían proteger a la nación – o eso decían, al menos cuando nadie había escuchado hablar de Edward Snowden.
Los Comandantes del Espionaje Americano: ¿Quiénes son los protagonistas de esta historia? Nada más y nada menos que las agencias de inteligencia más poderosas del planeta. La CIA, el FBI, la NSA y sus secuaces fueron reunidos bajo un mismo marco legal. Un movimiento audaz para mantener a estos moles bajo control directo del gobierno, o al menos esa era la intención, porque todos sabemos que uno no puede encadenar a un monstruo con hilos.
Estándares, Vamos a Establecer Estándares: Si había algo que molestaba a Carter, era la falta de un estándar claro. A lo largo de esta orden, se esbozaron treinta y ocho páginas de guías que preveían todo, desde la colección de información vital hasta las restricciones explícitas para evitar que esos agentes de campo se volvieran locos. ¿El objetivo? Evitar desmanes y abusos de poder, aunque nunca quedó claro si aquellos que debían ser controlados encontraron eso más gracioso que amenazante.
¿Un Tyrannosaurus Rex con Correa?: Mucho ruido y pocas nueces. Imponer reglas no necesariamente significa que serán seguidas. La Orden Ejecutiva 12036 centró la responsabilidad formal en el control del Presidente y el Consejero de Seguridad Nacional, pero ya sabemos que las bestias del poder no se domestican fácilmente. Muchos de estos agentes se encontraron a sí mismos en un juego continuo de "busca y captura", como cazadores invisibles en un bosque de reglas.
¿Autoprotección o Juego Justo?: En esencia, se trató de establecer un equilibrio entre guardar secretos nacionales y evitar un exceso de curiosidad sobre la vida de los ciudadanos. Los detractores argumentarían que toda esta orden es como darle las llaves del castillo al lobo. ¿Fueron las regulaciones realmente diseñadas para proteger a los ciudadanos o simplemente otra forma de asegurar que los propios guardianes del país estén bien alimentados y menos hambrientos de investigar dónde no deberían?
El Tranvía de la Transparencia: Una excepción tal vez, la orden permitió cierto grado de mira pública. Inteligencia debía presentar informes al Congreso, otorgar evaluaciones de desempeño y evaluar sus operaciones. Pero claro, el juego siempre está arreglado, ya que resulta bastante fácil brillar con mil luces cuando uno controla la corriente eléctrica.
El Revés Técnológico: En la caprichosa década de los 70, la tecnología era una estrella naciente. La Orden 12036 reconoció la importancia creciente de la tecnología de la información, un hormiguero que se volvería a cuya base años después cuando las comunicaciones se volvieron digitales. Carter permitió prácticas electrónicas, pero nadie imaginó el surgimiento de la vigilancia masiva, un espectro que asusta hoy pero que entonces sólo parecía un cuento de ficción futurista.
¿Quién Vigila a los Vigilantes?: En el ideal de Carter, la comunidad de inteligencia estaría bajo un exceso de supervisión. Pero como bien se sabe, no hay reglas a prueba de tontos. El caos del Watergate y la frustración de Vietnam empujaron estas vigilancias al escenario, pero mejorar su supervisión no necesariamente mantuvo sus epifatas a salvo. Todavía hacen falta horas de investigación para determinar cuántas lagunas se ignoraron a propósito.
El Pasado es Prólogo: Si hay algo que nos ha enseñado la historia es que las revisiones necesarias son como el vino, mejoran con los años. La ordenamiento de Carter es ahora sólo una pieza de museo, una referencia para cómo regular lo que es casi imposible de regular. Aquellos dispuestos a enfrentarse a los hechos se darán cuenta de que no siempre se puede derrotar el deseo de poder, incluso cuando intentas escribir las reglas con la mejor de las intenciones.
Las Sombras del Futuro: Ahora, los luchadores por la "libertad" claman y lloran con el miedo engendrado por aquellos que supieron aprovechar las rendijas en esa orden. ¿A quiénes culparán ahora? No es sino hasta que alguien más decida escribir una próxima orden ejecutiva, quizás cuando otro empuñe la pluma con la promesa de una reforma genuina. Hasta entonces, vivimos como rehenes del espíritu de la Orden Ejecutiva 12036.
La Retórica de la Libertad: Las órdenes ejecutivas, ya sea la 12036 o cualquier otra, son un recordatorio de que todos jugamos a las sombras bajo la bandera de la libertad, bailando al son de lo que se supone que son decisiones racionales y benéficas para la "seguridad". En este acto, los actores principales están armados con el poder, pero a menudo olvidan que las sombras tienen una agradable tendencia a extenderse, ocultando mucho más que lo que la luz ilumina.