¿Alguna vez has oído hablar de la película Old King Cole? No me sorprendería si no lo has hecho. Cuando los estudios de animación ya estaban empezando a sentar las bases de lo que hoy llamaríamos el gran espectáculo de Hollywood, bosques encantados y palabras en inglés ya estaban en la lista de prioridades de los directores, allá por el año de 1933. Era la época en que se nos vendían sueños coloridos y risueños. Pero vayamos rápido al grano: se trata de una obra de corta duración que ni siquiera alcanzo la hora completa en pantalla. La productora estadounidense Walt Disney, sí, la misma que luego nos traería personajes icónicos, decidió arriesgarse con una historieta basada en la popular canción infantil inglesa. ¿Dónde? Perseverante y optimista en su intento por encantar a nuestras queridas audiencias desde su estudio en Hollywood.
El personaje principal, según el cuento, era un monarca bonachón rodeado de su cohorte musical que solía alegrar las fiestas reales. Pero, como muchas otras producciones de su tiempo, estas películas no coloridas se limitaban a animaciones esqueléticas y rostros llenos de expresiones caricaturescas que no verdaderamente capturaban la sofisticación de sus contrapartes en carne y hueso de la pantalla grande.
El resultado era, en buena parte, una suerte de cuento de hadas diseñado más para captar la atención de los niños que para hacer historia real en el cine. Disney priorizó los movimientos activos, colores vibrantes y una historia presumiblemente amigable. Pero, realmente, más de lo mismo que animaciones similares durante los años 30. Como es obvio, su impacto en el zeitgeist fue pequeño a lo mejor debido a ese estilo socarrón que evita tomar algún riesgo sobre cuestiones culturales o clásicas. No había mucha sustancia ni tampoco hubo mucho revuelo.
¿Por qué recordar entonces esta película? Bien, esto nos lleva a una lección vital sobre cómo el entretenimiento verdaderamente significativo trasciende la admiración inicial. Ésta pieza no causó mayor impacto, siendo una de esas ofertas optimistas que se arriesgan siendo proyectos sin prosapia. Lo que lo hace importante para nosotros es lo que representa, un intento primordial de contar una historia con lo que se tenía disponible antes de que la industria se tornara en ese gigante que hoy conocemos lanzando aspiraciones progresistas a tutiplén.
Este tipo de producciones son pruebas fehacientes de cómo el conservadurismo cultural y estilístico estuvo presente desde el primer instante en que se pusieron colores sobre una celulosa. Observamos inclinaciones hacia la imaginación sin trabas y el puro entretenimiento, sin ninguna agenda oculta o propaganda con la que otros lamentablemente saturan el cine contemporáneo.
Entonces, Old King Cole es un recordatorio de la simplicidad de los cuentos que no buscan desafiar tu sistema de creencias u orientar tu moral en favor de alguna ideología fracasada. Aunque la película no ganara premios, su tratamiento simple y directo de una historia inspirada en la cultura popular inglesa refleja una era que, para bien o para mal, coloca delante la competencia narrativa en lugar de bombardearte ideológicamente.
A pesar del paso de una casi centuria, lo cierto es que este tipo de producciones todavía tienen mucho que enseñarnos. Hubo un tiempo en que acudir al cine significaba escapar un rato de la realidad más inmediata, un lugar donde podías ver reyes tocando música y no predicando ideologías cansinas que buscan dividir tantas veces el mundo. Además, dejemos una cosa clara, en su momento Disney fue lo más criticado por ser un conglomerado familiar, un rebelde desmantelador que eventualmente cambió -irónicamente- a convertirse en lo que hoy desafían tantos de los que toman la bandera de mentes abiertas. Ahora, hasta en ese rincón se han insertado formas modernas de propaganda oculta, disfrazada de estilos visuales y palabras incluyentes.
Al final del día, Old King Cole es más interesante desde el punto de vista sociológico que por su calidad cinematográfica. Como un fragmento histórico, una cápsula del tiempo, la década de 1930 revive a través de su simplicidad, a través de aquella versión de las cosas donde la historia se contaba tal como era: una diversión sin complicados trasfondos oscuros.
Para quienes buscan entender el porqué de lo que ven hoy, es vital recordar que la verdadera magia del cine animado radica en esa capacidad para hacernos sentir experiencias universales de gozo y felicidad—algo que los pensadores modernos podrían aprender entendiendo cómo se lograban antes, valiéndose de pequeñas y raras joyas sin evidentencias políticas, como Old King Cole.