¡Vaya, vaya! Parece que la burocracia no tiene límites ni límites tienen sus ideas para gastar más dinero en cosas que no necesitamos. Este año, nos hemos encontrado frente a una nueva creación: el "Nuevo Tren de Medición". Este proyecto tiene el rostro de una de esas ideas faraónicas que solo a un grupo de expertos le parecería una buena idea. ¿Quién? Un conglomerado de técnicos respaldado por el gobierno, ¿qué? Una iniciativa para medir cosas que ya sabemos, ¿cuándo? En un futuro cercano, ¿dónde? En el corazón de nuestras ciudades, ¿por qué? Para decirnos cosas que ya sospechamos: que estamos viviendo momentos económicamente apretados.
La premisa es simple: un tren que, con su tecnología de punta y sus carísimos instrumentos, se dedicará a analizar cuánto gastamos y cómo nos desplazamos en nuestra vida diaria. Sin embargo, ¿no es esto un poco innecesario? Estos datos ya son, en gran parte, recopilados por dispositivos que muchos tenemos, como teléfonos inteligentes o aplicaciones que usamos para movernos de un lado a otro. Pero no, queremos más burocracia.
Si algo caracteriza a este tipo de iniciativas, es su capacidad para engendrar más gasto público. ¿Para qué gastar en educación o seguridad si podemos tener un ingenioso tren que nos diga a costa de cuánto nos endeudamos cada día? Este "Nuevo Tren de Medición" refleja lo que está mal en estos proyectos que ponen lo bello y lo costoso por encima de lo práctico y necesario.
Lo irónico es que, en muchos casos, los ciudadanos ya sabemos lo que nos pesa en la billetera. Con solo ir al supermercado o ver nuestra factura de gasolina, sabemos que cada viaje es un lujo y que pensar en vacaciones ahora es casi una broma. ¿Tiene sentido que paguemos de nuestros impuestos un proyecto para confirmarnos la cruda realidad? Ojalá que alguien pare esta máquina burocrática antes de que gaste más de lo que debería.
Hablando en plata, quizás lo que necesitamos no es una medición más precisa de nuestros males económicos, sino soluciones reales a los problemas diarios que estamos enfrentando. Reducir el desempleo, incrementar la inversión en pequeños negocios, flexibilizar la economía para que jóvenes emprendedores puedan generar trabajo. Menos trenes y más sentido común.
Además, es cómico cómo se pinta este tren como parte de un gran progreso tecnológico y social. Mientras otros países invierten en herramientas que promueven la libertad del mercado y la autosustentación, aquí se priorizan los proyectos faraónicos que solo crean empleos temporales y que muchas veces se convierten en ruinas del gasto estatal.
Y si alguien pensaba que realizar esta empresa es sinónimo de avance, sinceramente, debería revaluar sus principios. No cabe duda de que la ejecución de este tren, preparado para medir-nos, traerá como resultado un paper extenso, menos dinero para lo verdaderamente importante y muchísima burocracia para manejar algo tan intangible. Una joya, sin duda, para quienes ven en los presupuestos elevados una razón para vanagloriarse.
Al fin y al cabo, para el ciudadano común, poco importan los stats que nos arroje esta locomotora si al final del día, el precio del pan sigue subiendo. Así que dejemos el tren en la estación, y pongámonos a trabajar en lo que verdaderamente importa. Un sentido común que, a veces, parece más un recurso escaso en el mundo de las ideas modernistas.