Sin ataduras a la corrección política, "Ni Víctimas ni Verdugos" es una obra de alto voltaje del pensador francés Albert Camus, escrita en 1946 en una Europa asolada por la Guerra y la penumbra moral de la posguerra. Camus no necesita una pluma dorada para lanzar una granada de sentido común. Lo hace con ironía, buen sentido y un mensaje claro: no ceder al papel de víctimas ni ejecutar caprichos de verdugos como forma de vida. Un mantra que desafía los dogmas contemporáneos y retumba aún hoy en aquellos que defienden su libertad individual contra los dogmas totalitarios.
¿Qué tal si dejamos de lado las etiquetas modernas de "ofendido" y "opresor" que se han vuelto tan populares y colocamos las cosas en perspectiva? Lo que Camus plantea es simple; cuando nos colocamos en una posición victimista (o lo opuesto), estamos mendigando poner cadenas a nuestras acciones. Preferimos achacar nuestros fracasos y problemas al mundo o a constructos ideológicos externos, olvidando que el poder reside en uno mismo. Camus nos invita a asumir la responsabilidad que los tiempos modernos y la ideología políticamente correcta desean colocar en un cajón oscuro.
Aquel ensayo, compuesto de una serie de artículos recogidos en "Carta a un amigo alemán" y que fueron publicados en "Combat", hace un llamado a abandonar el nihilismo y las ideologías opresivas en favor de una sociedad más ética donde la justicia no se vea como una serie de normas maleables al antojo de intereses coyunturales. Es hora de que dejemos de ser un circo de marionetas a manos de lobbies ideológicos y corporativos que sólo buscan una agenda.
¿Por qué sacrificamos la verdad en el altar de la corrección política? Hay algo profundamente perturbador en la glorificación moderna de las quejas perpetuas y la adopción de roles binarios. Como si fuera imposible vivir en el matiz, muchos encuentran más cómodo navegar las aguas tintadas del blanco y negro. Sin embargo, ser dueños de nuestro destino y actores de nuestras decisiones es un principio que promueve Camus en un mundo que pide a gritos claridad por encima de la oscuridad de las mentiras.
La ironía de Camus se vuelve tangible cuando menciona que muchos viven como si fueran vampiros sedientos, mientras buscan a sus posibles redentores en discursos que sólo enfatizan el resentimiento y la culpa, impidiendo una verdadera reconciliación con el self. La obra dice clara y vívidamente: toma las riendas de tu vida sin excusas. Hay poder en la responsabilidad personal que nos enseña a dejar de culpar a terceros por errores propios. No se puede trasegar el vino de la misericordia en la copa de aquellos que viven enterrados en su burbuja de victimismo. Es más sencillo culpar al otro que hacernos responsables de nuestros errores.
Al final del día, "Ni Víctimas ni Verdugos" es un manifiesto desmesurado para aquellos hartos de hipocresía y dobles estándares. Nos permite ver qué ocurre cuando transformamos nuestras vidas en una competición por el sufrimiento más puro y, lo que es más importante, nos invita a salirnos de ese ciclo. En lugar de unirnos a las filas de la impotencia, Camus nos hace un llamado a forjar nuestro propio destino, no dependiendo del discurso popular ni del guion de otros.
La esencia está en dejarnos de juegos retóricos y reconocer que, en esta vida, uno no debería tratar de aplastar a nadie bajo su supremacía ni colgarse la medalla de mártir eterno. Este es el tipo de literatura que debería reinar en la educación moderna. Sin embargo, es más fácil enseñar discursos que consagran el resentimiento en lugar de construir una sociedad en la que todos tenemos un rol basado en la igualdad de oportunidades reales y no impuestas por decreto.
Para aquellos que tienen oídos que quieren escuchar y ojos que desean ver más allá de las explicaciones simplistas que dividen y no suman, "Ni Víctimas ni Verdugos" es el remedio que muchos necesitan para reivindicar su lugar en el mundo. Rinde homenaje a la música del alma que clama autenticidad, y que sin lugar a duda, siempre distinguirá a un hombre libre de uno que prefiere vivir en cadenas invisibles.
Así que, si buscamos una respuesta real en un mundo caracterizado por una eterna lucha de poder, "Ni Víctimas ni Verdugos" no sólo es actual, sino también necesario. Por encima de los escépticos que dicen que el mundo es una condena eterna de opresores y reprimidos, la voz de Camus resuena clara en el abismo de la retórica contemporánea. Es pues, un desafío a todos aquellos a abandonar sus mantras y asumir el coraje que conlleva ser un ser humano real, capaz, consciente y responsable.