Cuando una película desafía el liberalismo al repeler sus manidas narrativas, finalmente, algo interesante emerge de los corrillos de cineastas. "Naata", dirigida por Feroz Abbas Khan, quien la concibió y plasmó en 2010, es una de esas joyas cinematográficas que no se comenta en las sobremesas progres porque desenmascara con naturalidad esa realidad que a muchos no les conviene mostrar. Nos transportamos a Dharavi, el barrio marginal de Mumbai, India, en donde vive la casta más vulnerable. La película aborda las relaciones humanas, el vivir codo con codo a pesar de las diferencias y la manera en que los lazos de comunidad se entretejen como un rompecabezas complejo, no porque lo dicte una agenda, sino por una implacable búsqueda de esencia.
Feroz Abbas Khan, un nombre que en sí mismo no evoca cuentos de hadas politizados, aprovecha el relato documental para cimentar la crudeza del guion en una narrativa envolvente. Si algo nos demuestra "Naata" es que la autenticidad no se puede empaquetar en liturgias ideológicas. A lo largo del metraje, Khan capta la interacción de dos hermanos de diferentes antecedentes culturales e ilustra de manera impecable cómo la vida en una de las barriadas más grandes del mundo no necesita cámaras cinematográficas doradas ni lenguajes rebuscados para relatarse.
Esta cinta nos lleva a señalar un error común: la desmedida idolatría por contextos que satisfacen el deseo superficial de una diversidad superficial, para olvidarnos de que la verdadera diversidad florece libre de normas autoimpuestas. "Naata", a través de ojo despiadado de la cámara, no solo muestra la convergencia de culturas y clases sino que te pellizca la conciencia al pensar que, pese a las diferencias, somos increíblemente semejantes. ¿Por qué no se habla de estas narrativas al boca a boca? Probablemente porque no hay suficiente victimismo ni antagonismo ensayado como fondo de pantalla.
Y es que la magia de "Naata" reside en esa potencia narrativa que nace de la observación objetiva, sin necesidad de perpetrar un relato de opresión o de superioridad moral donde no lo hay. Esto no es un espectáculo de acrobacias sociales politizadas, sino un retrato del esfuerzo humano por sobrevivir en ambientes difíciles, tejiendo verdaderos lazos interpersonales que superan cualquier traba impuesta por nuestra descabellada necesidad de poner etiquetas.
El talento de Khan brilla no por el uso de efectos especiales ni de presupuestos abultados, sino por su increíble habilidad para desnudar la verdad mediante una cámara que está en lugar correcto, en el momento preciso, captando el pulso del barrio y la vida diaria de sus pobladores. Resulta hasta paradójico que estos espacios, olvidados por el glamour progre de las alfombras rojas, sean los que mejor capturan el espíritu humano en su máxima expresión de autenticidad.
La primera vez que vi "Naata" quedé embelesado por lo que parecía ser un manual de la vida diaria. No puedo evitar el asombro hacia la maestría con la que los personajes desfilan en cada escena, plasmando un realismo casi visceral que de inmediato delata lo impostado de otras obras que se colocan a sí mismas sobre la humanidad como sus verdugos. La película no se pierde en vanidosos autorretratos de pecado ni busca congraciarse con la crítica establecida, sino que muestra, desnuda de complejos, la verdad cruda de una vida que se vive por el simple hecho de ser vivida.
Es este sencillo pero sublime ejercicio el que hace que "Naata" se destaque de todo lo demás. Lo que conmueve no es el dramatismo forzado ni las lágrimas calculadas para ganar premios. No necesitas escenas grandilocuentes para notar la belleza de lo cotidiano. Algo tan sencillo y puro enmarca la importancia de mirar más allá de nuestras narices, aun cuando el barullo escandaloso de falsos profetas de soluciones empaquetadas sugiera lo contrario.
La historia se construye alrededor de cimientos sólidos que nos llevan al reflejo mismo de una India auténtica, más allá del estereotipo. ¿Y quién diría que una película así encontraría tan poco eco en los medios populares? Puede ser que su éxito natural e intrínseco repose en no forzar una narrativa establecida y en no reducir sus personajes a simples caricaturas intercambiables.
Finalmente, "Naata" nos recuerda que la vida sin etiquetas ni filtros forzados tiene un aroma especial, ese olor a sinceridad sin lacrar que difícilmente encaje con la narrativa edulcorada que nos bombardea. Esta película resiste la prueba del tiempo al manejarse no con una condescendencia abrumadora, sino con ese justo equilibrio entre realidad y arte que solo los grandes logradores consiguen plasmar por medio de una cámara. Y al ver esto, mientras plantas tus ojos en el otro lado del mundo, no puedes evitar preguntarte por qué las historias más poderosas son las que menos aparecen en tu televisor.