La Estrategia Del Progresismo: Elogio y Censura Bajo La Bandera del Arte

La Estrategia Del Progresismo: Elogio y Censura Bajo La Bandera del Arte

Un nuevo fenómeno conocido como 'mutilación como demostración' se está infiltrando en la escena del arte moderno, donde el cuerpo humano es utilizado como lienzo para expresar ideas políticas y culturales, retando los límites del arte y el decoro.

Vince Vanguard

Vince Vanguard

¡El circo ha llegado a la ciudad! Y parece que el espectáculo principal en estos días es la mutilación, presentada como una demostración de arte y rebeldía. En la actualidad, el evento se ubica en cualquier galería de arte moderna o festival progresista que se respete a sí mismo, donde las élites culturales nos regalan su última obra maestra: la autocensura convertida en provocación visual. Estos performances son una demostración visual de cómo la línea entre arte y política se desdibuja en las manos de aquellos que promueven su agenda particular.

¿De qué estamos hablando exactamente cuando mencionamos la mutilación como demostración? Es un acto donde el cuerpo se convierte en el lienzo por excelencia. Estos valientes artistas (si podemos llamarlos así) usan sus cuerpos para desafiar normas y presionar los límites, o al menos eso es lo que quieren que pensemos. Mientras otros artistas pasados usaron lienzos y pinturas, estos modernos visionarios prefieren bisturís y páginas de GoFundMe para vender sus creaciones a un público hambriento de lo extraordinario.

En muchos de estos eventos, el artista se coloca en una especie de trance donde el dolor físico causado se convierte en una puerta hacia nuevas experiencias, ya sea que esto realmente lleve a algún tipo de iluminación, o simplemente siga siendo una excusa para llamar la atención, es debatible. El asunto en sí surge de una especie de obsesión moderna por ir contra lo establecido, donde el artista se cree héroe por desmembrarse en el escenario, pensando que rebelarse tiene alguna conexión profunda con el avance de la sociedad.

¿Dónde está el problema, te preguntarás? Mientras que argumentan que estos performances son un medio para escapar la opresión cultural, lo único que realmente logran es dejar caer una cortina de humo sobre cuestiones más relevantes. Se alejan de temas verdaderamente importantes que, curiosamente, podrían ser abordados a través de un tipo más tradicional de expresión artística que preferiría no cortarse un dedo en el proceso.

Indudablemente, el público joven suele ser el objetivo principal de estos eventos. Después de todo, ¿quién más que la juventud, con su eterna búsqueda de identidad, estaría lo suficientemente impresionable para ver significado donde otros solo ven un simple ritual de dolor autoinfligido? Este es el contexto donde proliferan las ideas más radicales, donde el acto de verse mutilado para entretenimiento se justifica bajo la bandera de la transgresión artística.

Y hablemos claro, esto en realidad no es una rebelión contra el sistema, sino una ingeniosa forma de autopromoción bajo un disfraz intelectual. Es una ironía en su máxima expresión: aquellos que claman a los cuatro vientos ser anticapitalistas son los mismos que emplean su tiempo vendiendo entradas para sus grotescos espectáculos. Así, se deleitan con la supuesta subversión mientras cuentan las monedas en la caja registradora.

La polémica genera interés, y el interés genera dinero, y aquí yace una verdad que parece escapárseles a los auto-proclamados radicales: están comprando exactamente el mismo sistema que pretenden desafiar. Nadie se engaña realmente, pero mientras haya un mercado ávido de estas emociones de nicho, la rueda seguirá girando.

Resulta impactante cómo algunas organizaciones culturales, incluidas administraciones públicas, muestran su apoyo a estas "obras de arte" mediante el otorgamiento de subvenciones, instalaciones y plataformas para elevar el espectáculo a un nivel superior. Pocos se atreven a criticar estas prácticas por miedo a ser encasillados como retrasados que no entienden el verdadero propósito del arte moderno.

En este cuadro distorsionado, la desensibilización del espectador va de la mano de la normalización de la distorsión humana. Es, en efecto, un barco zarandeado por olas de confusión ideológica que amenaza con hundir cualquier intento de mantener las tradicionales definiciones de arte y cultura. Admitámoslo, cuando el desafío a las normas se vuelve en sí mismo una norma, no hay originalidad, solo una perpetua búsqueda por lo macabro.

Por tanto, cada vez que uno de estos excéntricos espectáculos sale a la luz pública, tal vez deberíamos detenernos a pensar si genera un cambio real en la perspectiva del mundo o si simplemente nos convertimos en los voyeurs de una realidad distorsionada en nombre del arte radical.

¿Cómo podría la verdadera esencia del arte, esa que ennoblece el alma y perpetúa la belleza en su forma más pura, estar tan lejos de esta banalización de lo grotesco? Tan solo se necesita una mirada crítica para ver la verdad tras el delgado velo de la autenticidad autoproclamada.

Esto no es arte, es un grito desesperado que pide atención. Mientras algunos se maravillan por lo que llaman libertad de expresión, otros vemos simplemente la decadencia cultural presentada en una pantalla de espectáculo masivo donde los protagonistas son las víctimas conscientes de su propia desesperación por destacar.