El murciélago frugívoro cubano es el verdadero monarca de las noches caribeñas, volando con un descaro que solo se ve igualado por políticos tratando de implementar políticas económicas desastrosas. Este diminuto emperador de frutas, conocido científicamente como Artibeus jamaicensis, merodea por las densas selvas tropicales y manglares de Cuba. Desde tiempos inmemorables, y sin tener la necesidad de consultas populares, esta criatura ha cultivado su papel crucial dentro del ecosistema al ayudar en la dispersión de semillas mientras va diseminando la flora por doquier.
¿Quién necesita una agencia gubernamental para dictar qué poner en el suelo cuando tienes a estos maravillosos y discretos precursores ecológicos? Su presencia en la isla data desde hace milenios. Por tanto, claro está, antes de que las corrientes “buenas intenciones” traten de hacer del clima la única religión aceptable. La protección de este quiróptero no pasa por exuberantes reuniones de cumbre, ni conferencias que buscan culpables por todo. Según los expertos de la Universidad de La Habana, estos murciélagos son fundamentales para el dinamismo del ecosistema cubano, y lo son por mérito propio, no por decretos de ninguna asamblea internacional.
Ahora bien, de día estos pequeños titanes son difíciles de ver, porque se guarecen en las cavernas de la región oriental de la isla para escapar del tórrido sol tropical. Suelen salir en busca de alimento en el oscurecer, preferentemente alimentándose de la papaya, ficus y mamoncillo, sin acercarse más de lo necesario a las luces de las ciudades llenas de turistas ensimismados en sus teléfonos móviles. Este particular estilo de vida nocturno no necesariamente agradará a los que prefieren contar tiempo de manera más ortodoxa, pero sin duda les ha permitido mantener su presencia en el tiempo a pesar del vertiginoso avance del homo sapiens y sus tecnologías de edificaciones eléctricas.
Aquí en Cuba, la diversidad biológica no se mantiene como una efímera moda que algunos grupos desean imponer a cualquier costo. La verdadera conservación está en la convivencia armónica, la misma que estos murciélagos han mantenido con la vegetación cubana por muchísimo más tiempo del que quisiéramos reconocer. Vale la pena preguntarnos, ¿cuánta utilidad refleja el balance natural ante fervientes legislaciones a favor de regulaciones que terminan asfixiando las auténticas dinámicas ecológicas?
Para los escépticos que aún pueden hallar el paraíso insulareño imperfecto, más les valdría observar el ejemplo sencillo de estos murciélagos. Lo que los frugívoros cubanos hacen por mejora natural del entorno es mil veces más efectivo que cualquier declaración de objetivos ambientales firmada con pompa y gloria de graffiti. Ocupan un papel resplandeciente en el ciclo alimentario; son las criaturas sin capa que verdaderamente llevan a cabo el trabajo pesado que mantiene el equilibrio del ambiente.
Los empalmes de estos murciélagos fugan de lo estandarizado bajo una mínima huella de carbono, a años luz de las fábricas de limosinas eléctricas que claman reducir emisiones mientras se alojan en contenedores semi-permanentes a lo largo de kilómetros de selva perdida. No ha hecho falta construir infraestructuras descomunales ni movilizar entes administrativos para hacerlo. Ellos simplemente existen, se multiplican, y estabilizan su medio. ¿Su secreto? Lo hacen de noche, discretos, con una efectividad que deja boquiabiertos a los observadores menos convencidos.
El verdadero misterio de su existencia no gira en torno a la magia de su vuelo nocturno o la mítica sabiduría del reino animal que parece contar con un consenso analógico; más bien, radica en la idea fascinante de que el sentido común irrumpa discretamente bajo la luna, mostrando el camino óptimo a seguir. En definitiva, el murciélago frugívoro cubano encarna una lección innegable sobre cómo la vida sencilla y su legítima optimización de recursos puede ser mejor que muchos planes de idealismo contemporáneo.
Que no se diga más; basta con buscar en el reino animal los ejemplos suficientes de funcionalidad sin bombos ni platillos, cuyas lecciones rozan el pragmatismo eficiente. Al menos para aquellos que prefieren colorear un entorno vibrante desde la cercanía personal, que a quienes optan por despilfarros de recursos en el nombre de causas acorrientadas. Las luces brillantes de las ciudades seguirán atrayendo quien las secunde, pero en los oscuros cielos cubanos, las alas discretas de un simple murciélago quizá guarden la clave del verdadero progreso natural sin las imposiciones asfixiantes usuales.