Cuando te preguntas qué podría alterar la brújula moral de un liberal despreocupado, probablemente pienses en el 'Movimiento por la Autonomía de Hong Kong'. Este fenómeno empezó a ganar notoriedad después de la devolución de Hong Kong a China por el Reino Unido en 1997. Con la promesa de 'un país, dos sistemas', Hong Kong iba a disfrutar de un alto grado de autonomía hasta 2047. Pero, como todos sabemos, el Partido Comunista Chino es conocido por cumplir sus promesas, solo cuando le conviene.
Este movimiento está compuesto por hongkoneses valientes que han visto cómo esta promesa queda atrapada en la burocracia de Pekín. Desde estudiantes hasta trabajadores asalariados, los participantes han hecho de todo, desde marchas hasta campañas de no conformidad civil, todo con el fin de preservar los derechos y libertades que les fueron prometidos. ¡Y qué increíblemente subversivo es pedir simplemente aquello que ambos gobiernos acordaron hace décadas!
Este empuje por la autonomía es como un espina clavada en el costado del China. Cada día que pasa sin que Hong Kong se arrodille por completo demuestra lo que es posible cuando un pueblo decide alzarse por sus derechos, sin pregonar la retórica vacía que suele acompañar a las causas liberales. El asunto se puso aún más candente en 2019 cuando el gobierno local intentó introducir un proyecto de ley de extradición que facilitaría enviar ciudadanos hongkoneses a ser juzgados en la China continental. Parece que Pekín malinterpretó la autonomía como una palabra al azar en el diccionario que no aplicaba a ellos.
¿Y qué hicieron los héroes de Hong Kong en respuesta a esta amenaza? Sencillamente, tomaron las calles, envistiendo al gobierno con protestas masivas que fueron mucho más que simple ruido. Se unieron en potencial, convirtiéndose en una fuerza que no podía ser ignorada fácilmente.
El mundo entero miraba, bueno, algunos de nosotros lo hacíamos por lo menos, porque en medio de todo esto los medios masivos tendieron a tapar lo esencial. Mientras las noticias estadounidenses se centraban en la última tontería política interna, en Hong Kong, los manifestantes se enfrentaban a la policía antidisturbios, balas de goma y lacrimógenos. Todo para que el resto del mundo pudiera ver un modelo de verdadero compromiso cívico.
La historia, en efecto, se repetía en espiral cuando en 2020 China decidió no dejar la saga inconclusa, implementando la Ley de Seguridad Nacional. Este acto fue el clavo en el ataúd para la mayoría de las figuras pro-democracia. Era una medida tan radical que se preguntaba uno si estaban tratando de parar las olas con un balde. Pero Hong Kong no se diezmó. Ahora es una lucha subterránea de la que muchos no sabemos ni la mitad. Gracias al control férreo de Pekín sobre la información, ni siquiera sabemos todos los horrores que se pueden haber desplegado desde entonces.
Lo desgarrador de todo esto es que estos ciudadanos valientes no están pidiendo la luna. No buscan más de lo que ya se les prometió en 1997. La autonomía de Hong Kong es un pacto roto que aún promete esperanza para quienes están dispuestos a luchar por ella. Y aún más: recuerda qué es lo realmente importante cuando hablamos de reprimir a los tiranos y reclamar lo que es, por derecho, nuestro.
Desde 2014 con la Revolución de los Paraguas, hasta las recientes amenazas económicas y leyes draconianas, este es un pueblo que se niega a rendirse. A ellos no se les ha dicho que es mejor conformarse, y su resistencia constante es una bofetada a los gobiernos que prefieren el status quo.
Mientras unos miran a Hong Kong con condescendencia o lo exhiben como una ironía poética, para otros es un emblema de valor y persistencia. Un recordatorio diario de que incluso los acuerdos con las naciones más poderosas pueden no ser más que tinta en papel, sino se defiende la razón con uñas y dientes.
Así que, a medida que nos acomodamos en nuestra fe ciega en la política sólida, recuerden a Hong Kong. Recuerden que el grito por autonomía es demasiado agudo y palpable como para ser ignorado. Claro, hay quienes preferirían que estas historias queden enterradas. Una cierta aversión liberal a enfrentarse con tal intensidad de carácter complica el entendimiento de una verdad más grande. Hay un pueblo que no tiene miedo y está dispuesto a luchar, incluso cuando muchos no ven o no quieren ver.