¿Alguna vez has sentido que tu humor cambia más rápido que el clima? Parece ser la historia de muchos, especialmente en estos tiempos donde el control emocional está tan de moda como las dietas milagrosas. En un mundo políticamente correcto que exige una estabilidad emocional casi robótica, hablar de "mis ánimos siempre cambiantes" se convierte en el cuento más humano jamás contado. Queremos ser constantes, perfectos, como si nuestras emociones pudieran encapsularse en una caja y ser almacenadas para su uso posterior. Pero, la realidad es otra.
Primero, entendamos que los cambios de humor no son exclusivos de los días lluviosos o cuando Mercurio está retrógrado. Es nuestra naturaleza humana, pura y simple, dejada al desnudo. Uno puede despertar con la paciencia de un santo y al mediodía querer lanzar el móvil después de leer otro titular absurdo. Antes de culpar las malas vibraciones de tu jefe o el café que se enfrió, considera que ahí puede estar el verdadero sabor de vivir sin pretensiones de artificiosidad.
Algunos buscan culpables rápidos: la culpa es de las redes sociales, las cuales bombardean continuamente con ideologías y modas pasajeras alimentando la rueda de nuestras emociones. Cada like, cada dislike es una montaña rusa. Los efectos son visibles, pero apenas perceptibles, como el viento que sacude una vela en la tormenta. Ayer estabas feliz porque tu selfie tuvo 100 likes, hoy triste porque se ignoró el post que esperabas revolucionaría el universo. Esto es más frecuente de lo que creemos y, por desgracia, cada vez más avalado por las premisas del día a día.
Segundo, olvidemos la absurda idea de que nuestras emociones siempre deben estar alineadas a la neutralidad. La constancia emocional está sobrevalorada en cierto modo. Qué aburrido sería si pudiéramos programar nuestros días y emociones como robots. Puedes despertar agradecido y a la hora del almuerzo estar furioso porque el tráfico estuvo fatal. Este vaivén no es símbolo de debilidad, sino de humanidad. ¿Y qué hay más humano que sentirse vivo en estas oscilaciones?
Además, el mito de la "persona coherente" es tan ridículo que raya en lo absurdo. Claro, la coherencia es importante, pero no cuando pretendemos que nuestras emociones se alineen a la perfección matemática. Esto no ocurre en el teatro de la vida real. Aquí cada acto es diferente, con tonos y emociones diversas, y sí, como una novela de esas que se venden tan bien, llena de sorpresas e incertidumbres.
Por otro lado, en una sociedad donde se premian las posturas monolíticas, sería una verdadera catástrofe aceptar que nuestras emociones fluyen con libertad. La tendencia de llevar la etiqueta de “fuerte y estable” nos convierte en prisioneros de nuestras emociones. En una cultura que ataca la vulnerabilidad, mostrar que nuestros ánimos son una montaña rusa podría ser un acto revolucionario.
Entender la diversidad de nuestras emociones y permitirles su libertad puede también tener un efecto secundario hermoso: la capacidad de empatizar con otros en su propio viaje emocional. Imagínate qué sería del mundo si todos sintieran el permiso de lidiar con su humanidad sin caretas. Viviríamos mucho más coherentes con el ser, que con la imagen que otros quieren ver.
Y hablando de eso, está el pequeño detalle de lo que significa ser realmente emocionalmente inteligente. No es pretender que nuestras emociones están siempre controladas, sino entenderlas y saber manejarlas cuando aparezcan. Hacer las paces con nuestros "ánimos siempre cambiantes" podría ser el primer paso hacia la verdadera libertad emocional.
Finalmente, aceptar la volubilidad emocional es relevante en tiempos donde la gente tiende a pegarse etiquetas y seguir grupos que les dicten cómo sentirse. La humanidad nunca fue, ni será, simple de catalogar. Lo que hace que cada uno de nosotros sea un ente único es la capacidad de experimentar un espectro completo de emociones.
Vivimos en un tiempo en que debemos reconocer que las emociones son como los sabores de la vida, admitiendo la dulzura, la acidez y los tintes amargos sin miedo ni juicio. Celebrar "mis ánimos siempre cambiantes" es celebrar la simple existencia.