¿Sabías que México participó en los Juegos Olímpicos de Invierno de 1928? Sí, leíste bien. Disfrutando de un breve momento de audacia histórica, México se presentó en los Juegos celebrados en Sankt Moritz, Suiza. Era la primera vez que nuestras raíces cálidas y tropicales se desafiaban con las frías temperaturas del invierno europeo. Participar en estos juegos fue una declaración de ambición y orgullo nacional, más que un reflejo de dominio en deportes de invierno.
La participación de México fue un acontecimiento lleno de simbolismo. No se trataba de cuántas medallas llevábamos en nuestras maletas, sino del mensaje que emitimos: estábamos ahí, en medio de una elite de naciones, con lo que teníamos. En una época donde las prioridades eran otras, quizás más de uno criticará esta decisión como un gasto innecesario. Pero, califiquemos a esta movida como visionaria, el reflejo de un país que buscaba su lugar en un mundo que ni sabía cómo pronunciar "jalapeño".
Juan de Landa, reconocido por su destreza en patinaje artístico, fue el valiente mexicano que asumió el reto. Para ser franco, su nombre no hizo que la prensa internacional colapsara en aplausos, pero eso era lo de menos. Una nación representada por un solo atleta en terrenos congelados es una realidad que pocos entenderán, o querrán entender.
La decisión de México de participar en los Juegos de Invierno de 1928 nos lleva a cuestionar si los esfuerzos simbólicos son necesarios en la construcción de la historia de un país. Los pragmáticos dirán, pues claro que no, el enfoque debe estar en los recursos donde obtenemos resultados tangibles. Pero, ¿cuántas veces el espíritu osado de una nación ha traspasado las fronteras de lo lógico? Más que un simple intento de patinaje, esta participación redefinió la narrativa nacional e hizo algo grande: inspiró a generaciones futuras y manifestó el optimismo innato de los mexicanos.
En tiempos modernos, criticaríamos con ferocidad cualquier intento similar bajo el pretexto de inversiones más críticas. Liberales podrían considerar este tipo de iniciativas como mera propaganda patriótica sin sustento real. Sin embargo, el verdadero icono de un país reside en la valentía de intentar, aun cuando las expectativas estén en contra.
Nadie se atrevería hoy a imaginar a un México inundando los podios de los Juegos de Invierno; seríamos, seguramente, el foco de tradiciones tropicales en un mar nevado. Sin embargo, la historia nos demuestra que jamás debemos subestimar el potencial escondido ni la voluntad de un pueblo.
Muchos recordarán que los Juegos Olímpicos de 1928 podrían ser vistos como un experimento social más que deportivo, un uso del deporte como vehículo para transportar ideales y sueños más allá de las fronteras geográficas. No fueron nuestras victorias materiales, pero sí la resistencia y el valor, los que exportamos con éxito.
Comparando con la actualidad, donde cada medalla cuenta y cada dolar invertido en deportes se mide con lupa, México 1928 nos lleva a rememorar que la ilusión y el coraje no siempre son cuantificables pero sí son inherentes a nuestro ADN nacional. Digámoslo con orgullo: ahí estuvimos, sin justificar, simplemente porque podíamos.
Hoy, al mirar atrás, tendríamos que agradecer a aquellos pioneros en 1928. Inspiran a romper confines, a no temer a lo desconocido, y a embravecer el camino para que generaciones futuras entiendan que pertenecer no siempre es seguir la norma, sino saltar hacia lo improbable. ¿Valía la pena la participación en los Juegos Olímpicos de Invierno de aquel entonces? Quizás deberíamos preguntarnos si el problema radica en el deseo de intentar más que en el resultado en sí.
¿Y si iniciamos un movimiento donde cada mexicano pueda despertar a ese legado y atreverse a soñar en grande, a pesar del frío o de lo imprevisto? Porque a fin de cuentas, un país que no sueña, ni rompe moldes, hallará poco espacio para crecer.