Megan Twohey, una de las periodistas más citadas y controversiales de nuestra era, ha estado moviéndose rápidamente en las salas de redacción desde que irrumpió con sus investigaciones en el New York Times que ayudaron a descerrar el caso de Harvey Weinstein. Esto ocurrió en 2017, en una época en la que el MeToo había empezado a ganar fuerza, particularmente en las burbujas urbanas liberales de Nueva York y Los Ángeles. Twohey no solo documentó casos de abuso, sino que también encendió una oleada de cambios sociales que desestabilizaron cimientos tanto de Hollywood como de Wall Street. Sin embargo, más allá del disfraz de crusado por la justicia social, quedan dudas persistentes sobre si este tipo de periodismo es imparcial o, en últimas, un brazo del activismo político.
No es raro que Megan Twohey se enorgullezca de su papel en la caída de Weinstein. ¿Pero no tienen todas las monedas dos caras? Las investigaciones de Twohey no solo impactaron al cineasta, sino que detonaron un efecto dominó que paralizó a la industria del entretenimiento. Un tema recurrente en sus trabajos es que suelen centrarse en la caza de brujas moderna, donde el debido proceso legal es reemplazado por jejunes campañas de medios sociales. En un verdadero corte de pelo a tijera ciega, muchos inocentes pudieron haber visto sus carreras destruidas sin derecho a plena defensa.
La falta de balance en los reportajes de Twohey se hace particularmente patente porque rara vez se escucha la voz de los acusados hasta que el daño ya está hecho. Resalta la pura capacidad de los medios para jugar a ser juez y jurado desde la comodidad de sus escritorios. Los informes de Twohey sobre Weinstein estaban tristemente libres de perspectivas de terceros que hubieran aportado al menos una apariencia de equilibrio. Cuestionar las prácticas de Twohey no es igualar en absoluto las fechorías de Weinstein con su periodismo, sino llamar la atención sobre el poder artero que tiene un reportaje periodístico para moldear o, más bien, desfigurar la percepción pública.
Otro punto crítico es el entorno elitista en el que se desenvuelven Twohey y sus compañeros del New York Times. Es fácil ver por qué operan en un mundo inmaculado cuando uno considera que operan en una metrópoli ultra liberal. En ese ecosistema, la disponibilidad de enfoques seleccionados únicamente de una fuente es más probable que sea la norma, no la excepción. A medida que se convierten en celebrities de los medios, parece que el foco está más en su propia autoría mediática que en el impacto real de sus artículos, que muchas veces se transforman en alegatos cargados de sesgos.
Se podría argumentar que el verdadero propósito de Twohey y los demás reporteros metropolitanos es mantener la narrativa, incluso a expensas de la realidad objetiva. Se paraliza la industria del entretenimiento, se apunta la mira a figuras públicas, y luego, se pasa al siguiente objetivo, dejando un rastro de carreras destruidas. Lo que pocos dicen abiertamente es cuánto de esto se traduce realmente en justicia genuina, o solo en un ciclo constantemente renovado de auto-importancia periodística.
Si deseas algo de pragmatismo y realidad, busca poco en el tipo de periodismo que practica Twohey. Sería injusto ignorar las víctimas que su trabajo ha ayudado a empoderar, pero sería igualmente ingenuo cerrar los ojos ante el fanatismo subyacente que este tipo de periodismo agresivo fomenta. La ligereza con la que estos artículos se diseminan en una era de clics y tendencias deberían hacer que cualquiera que busca un panorama periodístico equilibrado se cuestione la veneración a Twohey y sus similares.
Todo señala hacia una dirección: estamos en un tiempo en que los protagonistas detrás de las noticias se han convertido en actores de un cambio más grande; un cambio que no siempre es positivo. En el mundo de Twohey, los matices se pierden, y en esa senda, los matices son lo que realmente importa.